18 de noviembre de 2012

Cuento de la rana, la niña y el avatar


Había un pueblo que vivía en los confines de Malendhar. Estaba situado en la base de dos montañas paralelas, éstas se elevaban desafiantes hacía el cielo mientras en el fondo un valle verde lleno de riachuelo guardaba un poblado de agujas que se mecían al viento como juncos inmensos.
Prácticamente todos los habitantes habían nacido al borde del mismo valle, sabían volar en vuelos cortos y eran capaces de saltos prodigiosos entre las ramas de los gigantescos árboles de la comarca.
Había una niña llamada Diaserin que había nacido con las manos muy pequeñas y le costaba mucho esfuerzo dar los enormes saltos entre los juncos, los riachuelos y el arbolado verde del paraje, ella caminaba a pequeños pasos con cuidado para no caer, y había aprendido a dar graciosos saltos poniendo en sus pies las flores de adarlátuver, árbol que generaba constantemente unas flores parecidas a globos de seda que ella sujetaba con lianas a sus pies y le permitían impulsarse de un sitio a otro. Diaserin solo tenía nueve años.
 Conocía perfectamente los riachuelos que montaña abajo deslizaban sus aguas al cauce del mismo, todas las tardes salía de la escuela de Malendhar, sus estudios eran indispensables para vivir en el valle. Aprendía biología, botánica, ciencias del universo, el conocimiento del cielo, de las estrellas, la orientación y lo que mas le gustaba a ella eran las lecciones de emociones compartidas, asignatura sobre las buenas relaciones y el desarrollo del amor, indispensable para todos los niños del valle, para los adultos y para los más ancianos del lugar. Diaserin reía y compartía con sus amigos, los que venían del fondo del valle, aunque muchos de ellos eran diferentes, de otro color pero les unía a todos la práctica de las mismas lecciones .
Nadie le había importunado por sus pequeñas manos,  tampoco había confiado su secreto, el de sus saltos floridos, tampoco nadie se lo había preguntado. Al salir del colegio jugaba al borde de los juncos saltando de piedra en piedra intentando mantener el equilibrio evitando que sus zapatillas de piel se mojaran ya que ello conllevaba un gran trabajo para secarlas y volver a flexibilizar la piel para adaptarla a sus pequeños pies. Ella era consciente de lo que valían estos excelentes pares de zapatos tan especializados que fabricaba con gran placer un hombre anciano que vivía cerca en la colina azul.
Cerca de la orilla de uno de estos riachuelos existía un lavadero, en un tiempo no muy lejano las mujeres acudían a lavar la ropa al mismo, ahora ya no se quería contaminar con el calor corporal y la ropa se mojaba con agua de flores y se ponía al sol quedándose blanca y perfumada tan parecida a la flor del agualuna, una especie de azucena blanquísima y tersa que se parecía al resultado de la ropa puesta al sol por lo que llevaba el mismo nombre. Este lugar era uno de los preferidos por Diaserin, apreciado para sus juegos y aventuras.
Tenía el lavadero un ancho caño del que entraba agua continuamente y otro por el que una vez cumplida su misión de mantener el nivel correcto salía de nuevo hacía el riachuelo.
Por aquel caño, una bonita rana de color verde llegó empujada por el agua en el momento en el que Diaserin limpiaba sus manos y con un gracioso salto se posó en ellas.
-¡Hola¡- saludó la ranita -¿Voy bien camino del río- Preguntó a la niña,
La niña la contempló de cerca alzando sus manos, ¿quien decía que las ranas no eran bonitas? ésta era preciosa, su color verde tenía distintas tonalidades en las diferentes partes de su cuerpo.
-Si, por aquí vas bien a pesar de dar un rodeo, pero dime… ¿porqué quieres ir al río?
-He oído hablar muy bien de él, de lo grande y caudaloso que es quiero hacerme una casa en sus orillas, aquí nadie va apreciar mi belleza, -dijo haciendo un gesto coqueto- allí encontraré quien me admire.
Diaserín suspiró, le daba pena que se fuera aquella simpática ranita, teniendo tantas ganas de quedarse con ella, aunque ya sabía que ningún animal o planta eran de nadie aunque todos debían saber que hacer para que vivieran.
-Quédate aquí, este lavadero en un buen lugar tiene agua corriente todo el año, yo te visitaré todos los días y tendrás en mí una buena amiga y quien admire tu belleza-.
La ranita dudó un momento, la niña le agradaba pero no había abandonado su pozo para quedarse unos metros más abajo en la primera ocasión que le proponían
-No, si me quedo tú serás una buena amiga pero no es suficiente, quiero tener todo el río a mis pies-
-Eso…es querer mucho y estar muy segura de tus encantos, posiblemente todos los sapitos se vuelvan locos por ti pero en el río hay peces, patos, y animales que se alimentarían muy a gusto de tu carne verde y brillante…
-Los conquistaré- contestó la ranita muy segura de si misma- mira que se hacer…
 Y saltando de la mano de Diaserin comenzó a brincar de un lado a otro con gracia y soltura sin apenas tocar el agua.
¡Bravo¡¡Bravo¡ aplaudió la niña entusiasmada, ­ Qué bien lo haces ­
-¿Ves?-le dijo la ranita- si a ti te gusta tanto ¿porqué no le va a gustar a los que habitan el río?
-Tienes razón si tú quieres te acompañaré- he intentando imitarle en los saltos salieron juntas del lavadero.
Poco después llegaron a la orilla del río la ranita nunca había visto tanta agua.
-¡Que‚grande es¡-exclamó abriendo mucho los ojos.
-En ésta época del año es muy bajo su nivel -le aclaró la niña-
Antes de terminar la frase la ranita ya no le escuchaba, de un brinco se había sumergido en el agua.
Procurando no mojar sus zapatillas rojas, permaneció un rato al borde del río sin moverse contemplando la corriente y los pequeños remolinos que se formaban en las piedras, volvió su mirada al punto donde se había sumergido la ranita y girando suavemente regresó a casa.
Pasó el tiempo y las zapatillas rojas de Diaserin quedaron pequeñas, el río cambió muchas veces de color y últimamente la luna brillaba con más fuerza en las noches de enero, los peces y los patos estaban callados. Diaserín recordaba a su amiga la rana, el primer animal que había hablado con ella, la primera vez que había escuchado las voces de la vida del valle, la primera vez que reconocía su capacidad de integrar un todo en las partes, y sabiendo esto, no sabía como comunicarlo guardando el secreto.
Una tarde, cerca del anochecer desde la habitación de su casa oía el croar de una rana croak..croak… Diaserin estaba convencida de que era la bonita ranita verde que conoció en el lavadero que ha falta de un público que le admirase le cantaba a ella.
Diaserin interpretó la melodía de su amiga, era una mezcla de llanto, súplica y emoción, de soledad, temores y al fin descanso. La niña también, por primera vez comprendió lo que era la complejidad, sintió un gran amor que calentaba su pecho hacia la pequeña rana vividora, y ella, que no había roto su mundo equilibrado y sereno abrió su ventana y su corazón dejando entrar a la rana, que cayó dormida casi al momento sobre un cojín debajo de la cama.
Se había creado un pacto que haría vibrar a los universos, era el pacto de la amistad entre seres diferentes pero iguales. Las estrellas brillaron mas aquella noche, algo estaba pasando en el mundo, un nuevo avatar en forma de niña había venido a despertar a los durmientes.