7 de enero de 2013

¿Somos realmente libres?

 
 
La combinación de letras que conforma la palabra «etimología» es resultado de la transcripción literal a nuestro idioma (transliteración) de los caracteres griegos originales, tras su acomodación, igualmente directa, al latín. Esa palabra combinaba en griego los vocablos “étimon” (verdadero) y “logos” (palabra o lenguaje). A su vez, étimon derivaba del griego “eimí” (primera persona del presente del verbo ser-estar) y éste de la raíz indoeuropea *es que significaba “ser” (en sánscrito, “ásmi”= yo soy). Por tanto, la palabra etimología puede definirse etimológicamente como la verdad de las palabras en tanto éstas muestren el ente o concepto al que se refieren. Con el rastreo etimológico se pretende alcanzar, por decirlo así, el origen o comienzo inocente del significado que expresaron las palabras en los grupos humanos, antes de haber sido nocivamente bastardeado, en su caso, por tópicos usos abusivos o encubridores polvos ideológicos, tan frecuentes en el lenguaje político demagógico.
La libertad no puede ser comprendida sin los conceptos de persona como ser único que está siendo; de palabra como expresión de ese ser; de acción como comienzo «inocente» de lo nuevo y de verdad personal como razón de ser de la libertad, mostrados todos ellos a la luz acogedora de lo común, la luz del inter-esse interpersonal; la luz que convierte las privadas nociones en compartidas cogniciones. En todos esos aspectos la libertad es concomitante con la etimología y podríamos decir que la persona libre es un ser etimológico, si bien el camino hacia atrás de la etimología en dirección a la fuente de verdad lo recorre hacia delante la libertad, sin que por eso se aleje de ella, pues la lleva consigo. En nuestro mundo, la verdad es un concepto exclusivamente humano, sólo una persona es capaz de revelar su propio ser (por reflexiva expresión) y de atestiguar su no-ser (por impresión expresada). La verdad sólo avanza si lo hace libremente y la libertad sólo se despliega si lo hace verdaderamente, ambos movimientos requieren común participación y compartida consideración.
El curso etimológico de la libertad, siempre sobre suelo interpersonal, ha seguido tres discursos diferentes en los principales troncos lingüísticos derivados del proto-indoeuropeo hasta llegar a las lenguas actuales.
En las lenguas de troncos itálico y helénico, se considera que procede de la raíz indoeuropea *leudh” (crecer en el sentido de desarrollo corporal y vital), que habría desembocado en el eleutheros griego y el liber latino (ambos= libre; en Roma los liberi eran los niños con derechos ciudadanos). Por su parte, de esa misma raíz se derivarían los verbos “luidan” en Gótico y “leodan” en Inglés Antiguo, ambos con el significado de crecer. Y también derivan el eslavo ljudu, el polaco luzdie, el eslovaco l’udia, el esloveno ljudje, el lituano liaudis y el alemán leute, con el significado de gente o pueblo. Todas estas derivaciones de aquella raíz apuntan claramente a un concepto de libertad asociado a la pertenencia a una comunidad étnica-cultural autárquica (autosuficiente); un tipo de libertad recluida y temerosa que invoca independencia y superioridad frente a otras comunidades o pueblos potencialmente hostiles, ante los cuales pudiera perderse esa libertad por medio de la guerra (que trae saqueo y esclavitud; esclavitud que justificaba Aristóteles como propia del bárbaro “naturalmente esclavo”). Es de señalar que este vínculo ancestral de los “bien nacidos” en el seno de un grupo genético-cultural se mantiene en el actual vocablo de nación (cuya absurda libertad invocaba el franquismo -“una, grande y libre”-, cuya falaz independencia persiguen los reaccionarios nacionalismos y cuya interesada adulación cultiva el poder estatal hasta el paroxismo -interés de España, interés de Francia, etc.; Rubalcaba: “Sé lo que tiene que hacer España”; Aznar: “España quiere ser la mejor democracia del mundo”-). Tras los indeterminados conceptos de la proclama nacional «Liberté, Egalité, Fraternité», resonaba y resuena, por buenas que fueran o sean las intenciones, esa ancestral libertad de los “nacidos libres e iguales” en comunidades gentilicias cofrades, como las arcaicas fratrías griegas (cuando lo cierto es que nadie nace libre ni es igual a nadie distinto de sí mismo). Hoy, al arcaico héroe genitor, fundador e inmortal protector de esa estirpe de protegidos privilegiados se le llama Estado (¿de Bienestar?, pregúntese a euro-€-comunitarios galos, germanos, hispanos, atenienses y romanos, tan amantes del escudo estatal, su burocracia infernal y su imperio legal, ahogando entre todos las tasas de natalidad).
Por su parte, en lenguas de los troncos germánico y céltico encontramos que vocablos referidos a la libertad se derivan de la raíz indoeuropea “*pri” (amar) y “*priyos” (amado y «uno mismo»). Esta raíz es más prolífica que la equivalente greco-latina y sorprenden los conceptos que entrelaza. De esta raíz se derivan el sánscrito priyas y el avéstico fryo (ambos “querido”), así como el eslavo prijatel (amigo). Encontramos, ya en galés, rhyyd (libre) y, en gótico, frijon (amar), freis (libre) y freihals (libertad); en inglés antiguo freo (libre) y feols (libertad); en alemán antiguo friunt (amigo); en alemán freund (amigo), frei (libre) y freiheit (libertad); en holandés vriend (amigo) y vrijheid (libertad); en inglés friend (amigo), freedom (libertad) y afraid (temeroso -del germánico ex-fridu= sin paz-). También derivan de aquella raíz la palabra alemana freude (alegría), así como el alemán frieden y el holandés vrede, ambos con el significado de paz. El nombre propio Frida significa paz. Por su parte, en español se recibió la palabra franco (desembarazado, libre y claro de expresión), franqueza (libertad, exención) y franquear (pasar de un lado a otro; mostrar a otro el interior de uno). El nombre propio Francisco se deriva de aquel adjetivo.
Es curioso que fueran los aislados anglosajones, con su gran tradición de derecho consuetudinario (palabra derivada de la raíz indoeuropea “*s(w)e”, igual que ética y costumbre), los primeros en instaurar un sistema político representativo en Europa. Y que descendientes suyos, además de otros países del Norte europeo, fundaran, en Estados Unidos y con un océano separándolos del rey inglés y de la autoritaria, conflictiva y estadolátrica Europa, el primer y único sistema político representativo y con separación de poderes que existe en el mundo sobre un país de grandes dimensiones.
Finalmente, en las principales lenguas actuales de tronco eslavo, a la libertad le llaman svoboda (ruso), swoboda (polaco), svobode (esloveno) y eslobodo (eslovaco). Esas palabras derivan de dos raices indoeuropeas: “*s(w)e”, pronombre de tercera persona y a su vez reflexivo (su o uno mismo) y “*bheud”, que significa “ser, existir, crecer”, pero la terminación “–boda” procede de “ser” (en polaco ser= być; en ruso byt; en esloveno biti; en eslovaco byť). Por tanto, la libertad eslava significa etimológicamente “su ser mismo”; es un reconocimiento integral del «otro», en contraste no sólo con el «yo», sino con el «nosotros». No es de extrañar, con estos antecedentes, la exquisita penetración psicológica que muestran los grandes escritores rusos en la descripción de sus personajes. Desde luego, respecto a la libertad, los eslavos saben lo que dicen y, si lo dicen, lo saben. Es triste comprobar que la palabra esclavo proceda del griego bizantino esklavinós y éste de eslovĕnimŭ, como se llamaban a sí mismos los eslavos, víctimas de tratas en el Oriente medieval.
La más antigua inscripción conocida que se considera referida a la libertad fue escrita con caracteres cuneiformes sumerios (unos 2.500 años a.C.). Podría leerse “ama-gi” y traducirse por “volver a la madre”. La raíz “*amma” o “*ma”, voz onomatopéyica del niño al «mamar», se halla en lenguas de todo el mundo. Significa madre. De esa raíz se derivan nuestras palabras amor y amistad. La libertad greco-romana soltó ese noble hilo umbilical y perdida, temerosa y arrecida, se internó, enemistada con la verdad moral, en un sombrío laberinto paternalista repleto de ideas lógicas y de leyes ideológicas, para calentar su cuerpo frío junto al fuego falso del poder, junto a su cadalso. ¡Amantes de la libertad, seamos etimológicos!


Nota: No soy políglota ni experto en etimología. Ni siquiera buen aficionado. Aunque he tratado de no cometer ni un sólo error, quizá no lo haya conseguido. Pido disculpas. Las referencias etimológicas han sido extraídas de los textos:
» ANDRUSKIEWITSCH, Igor. “Atenas 1000 AC: 3000 años de Civilización Europea. Conferencia en “Cariátide, Asociación Argentina de Cultura Helénica”. 13 de junio de 2.000. Tomada de internet.
» BORDELOIS, Ivonne. Etimología de las Pasiones. Libros del zorzal. 2.006.
» COROMINES, Joan. Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana. Gredos. 1ª Ed.-1.961. 14ª Reimp.-2ª Ed.-2.010.
» Roberts, Edwuard.A.; PastoR, Bárbara. Diccionario Etimológico Indoeuropeo de la Lengua Española. Alianza Editorial, S.A. 1ª Ed.-1.996. 7ª Reimpresión-2.009.
» STROMBERG, Joseph R. Freedom vs. Liberty.10-Julio-2.001. Historiador del Ludwig Von Mises Institute. Opúsculo en internet.
El asterisco antes de la raíz indoeuropea indica que son formas altamente probables en función de los actuales conocimientos. Animo a los lectores a enriquecer el despliegue etimológico y a librarse de los muchos prejuicios con que la demagogia política ha disfrazado y disfraza el lenguaje. He empleado un traductor de internet para añadir ejemplos de la familia lingüística eslava una vez acreditada la conexión de una palabra concreta, en alguna de sus lenguas, con la raíz indoeuropea correspondiente.

 
Paco Corraliza