4 de febrero de 2013

El reino de la felicidad existe...

 


“La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”



En el siglo IV a. C. un gran pensador, del que después diré su nombre en homenaje a mi hija, se hacía la siguiente pregunta: "¿Para qué ha de servir cualquier gobierno?". Y él mismo se respondía: "Para hacer feliz a su pueblo"...

Dos milenios y varios siglos después ¿en qué ideario de qué gobierno de qué país se hace mención a la felicidad?. La respuesta la he encontrado en prensa el pásado sábado y es en Bután.



Bután es un pequeño país enclavado en el lado oriental del Himalaya, entre China e India, con apenas 700.000 habitantes. El país con la democracia más joven del mundo (poco más de dos años) y con el monarca más joven sobre la faz de la tierra (28 años). Es curioso la forma en que llega la democracia a Bután y es porque el anterior rey, padre del actual, sorprendió a todos al manifestar que la Monarquía tenía muchos fallos y era hora de instaurar la democracia... (bueno, ésto es otra historia).

En el artículo 9 de su Constitución queda establecido lo siguiente: "Corresponde al Estado, el esfuerzo en promover las condiciones propicias para la consecución de la Felicidad Interior Bruta". Parece algo raro si lo comparamos con el PIB, del que todos hablamos porque es tangible, medible en cifras, cuantificable.
Se trata de un concepto tan sencillo como revolucionario que considera que ha llegado el momento en que las sociedades avanzadas dejen únicamente de medirse con baremos de índole material, para empezar a hacerlo con indicadores que cuantifiquen el grado de felicidad de sus ciudadanos.

La FIB (Felicidad Interior Bruta) que según Jigme Thinley, su primer ministro, es un concepto basado en la creencia de que el deseo último y más importante del ser humano es encontrar la felicidad. Ésta se alcanza cuando se equilibran las necesidades del cuerpo y la mente. Además responsabiliza al Estado de la obligación de ayudar al ciudadano a ser feliz, creando las condiciones básicas para cumplir el objetivo: salud, educación, estabilidad política, renta per cápita...

Este Señor que, acaba de participar en la Cumbre de la ONU sobre los Objetivos del Milenio, ha defendido que se incluya la felicidad como uno de esos objetivos. Hasta ahora ningún Gobierno ha expresado objeciones porque ¿quién podría estar abiertamente en contra de la felicidad?.

Habremos de dejar correr el tiempo para ver como se desarrolla esta "maravillosa idea", aunque soy de la opinión de que el mundo camina por otras rutas hacia otros parajes.
Antes de terminar, decir que Bután fue el último país del mundo donde llegó la televisión (año 1999)...Tal vez, tenga algo que ver.

Y una última cosa, como dije en homenaje a mi hija, el pensador que se hizo la pregunta clave fue Aristóteles.



“La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”



Cada vez más gente está dirigiendo sus miradas a un pequeño reino del Himalaya: Bután, una joven democracia a la que algunos llaman “el reino de la felicidad”. Se trata de un laboratorio vivo del que están surgiendo ideas y acciones que bien pueden servir de inspiración en un momento en que los líderes de las sociedades consumistas están faltos de ideas y soluciones a la crisis sistémica que nos acecha.
Según la descripción que hace el economista Jeffrey Sachs tras hacer una visita a Bután, “La economía agrícola y monástica de Bután fue autosuficiente, pobre y aislada hasta hace pocas décadas, cuando una serie de monarcas excepcionales empezaron a guiar al país hacia la modernización tecnológica (caminos, electricidad, atención médica moderna y educación), el comercio internacional (principalmente con la vecina India) y la democracia política. Lo que resulta increíble es la actitud reflexiva con la que Bután aborda este proceso de cambio y cómo el pensamiento budista guía esa actitud. Bután se formula el interrogante que todos deben formularse: ¿cómo se puede combinar la modernización económica con la solidez cultural y el bienestar social?”
Una fuerte tradición budista y el retraso en la modernización han permitido a Bután, un pequeño país de 700.000 habitantes encajado entre los dos Estados más poblados de la Tierra, la India y China, aprender de los errores de otros países y pasar de la Edad Media directamente al siglo XXI, sin cometer los errores de aquellos que se han centrado exclusivamente en el progreso económico. El modelo butanés no es exportable, pero sí que está siendo considerado una fuente de ideas y el laboratorio perfecto para muchos.


El rey visionario


 

Si tenemos que buscar al responsable del milagro butanés, pronto nos encontraremos a Jigme Singye Wangchuck, el padre del actual rey, considerado unánimemente como un sabio y visionario. En el año 1974, al ser coronado con tan solo 18 años, lo dejó meridianamente claro en su discurso: “La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”. Desde entonces, las decisiones políticas de Bután se toman en función de si conducen a la felicidad del pueblo, en vez de al puro crecimiento económico ciego, que guía a sociedades como la nuestra. Sus gobernantes se preocupan por las necesidades materiales de la población, pero también de las espirituales (no confundir con religiosas). La idea ha seducido hasta al propio presidente francés, Nicolás Sarkozy, que está trabajando en aplicar un índice de estas características en su país. Y premios Nobel de economía como Joseph E. Stiglitz avalan la idea.
Este pequeño país asiático ha sido el primero que ha cuestionado los indicadores económicos tradicionales, en concreto, el PIB.  Y han creado el indicador de la Felicidad Interior Bruta (FIB). Este revolucionario medidor tiene en cuenta factores como el acceso de los ciudadanos a la asistencia sanitaria, la conservación de los recursos naturales del país o el tiempo que puede disfrutar una persona con su familia. En definitiva, es un corte de mangas al dogma del crecimiento. En Bután están dotando a la fría economía de la calidez que aportan variables como la educación, el afecto o la fortaleza de los ecosistemas.
En el año 2005, Jigme Singye Wangchuck inició un proceso de democratización del país que lo convertiría en la monarquía constitucional que es hoy en día. Es curioso observar el proceso que llevó a este país que perseguía la felicidad a dotarse de democracia. Fue un empeño del rey, ya que la población no era partidaria de un cambio de régimen. Pero el monarca lo tenía claro. Y en 2008 se celebraron elecciones. Ganó el Partido de la Paz y la Prosperidad del actual primer ministro, Jigmi Thinley. Y Jigme Khesar Namgyel Wangchuck, de 28 años, hijo de Jigme Singye Wangchuck, se convirtió en el quinto rey de Bután, el primer monarca constitucional del país.


¿Cómo se mide la felicidad?

 


 

Llama la atención del proceso butanés el pensamiento sistémico que avala la toma de decisiones. Evidentemente este proceso trata de satisfacer las necesidades básicas de las personas, incluso tratan de combinar el crecimiento económico con la sostenibilidad ambiental, pero lo que realmente destaca es su interés por crear mecanismos que ayuden a los individuos a mantener su estabilidad psicológica en una era de incertidumbre y constante cambio.
El primer ministro de Bután, Jigme Thinley, explicó en el I Congreso Internacional de la Felicidad que todo su Gobierno centra sus esfuerzos en cuatro direcciones: desarrollo socio-económico igualitario y sostenible, conservación de la naturaleza, preservación de la cultura y el patrimonio cultural, y un gobierno responsable y transparente. Para lograrlo, entre otras acciones, el Gobierno hace una encuesta entre la población ordenada en los siguiente bloques:
1. Bienestar psicológico.
2. Uso del tiempo.
3. Vitalidad de la comunidad.
4. Cultura.
5. Salud.
6. Educación.
7. Diversidad medioambiental.
8. Nivel de vida.
9. Gobierno.
Y es feliz aquella persona que ha alcanzado el nivel de suficiencia en cada una de las nueve dimensiones. Los resultados de estas encuestas se emplean para orientar las políticas del Gobierno Butanés. Todo ello podría simplificarse diciendo que el Gobierno  ha asumido la responsabilidad de crear un entorno que facilite a los ciudadanos encontrar la felicidad.
Tal y como recoge un excelente reportaje publicado en El País por Pablo Guimón, “En el Mapamundi de la Felicidad, una investigación dirigida por el profesor Adrian White en la Universidad de Leicester (Reino Unido) en 2006, Bután resultó ser el octavo más feliz de los 178 países estudiados (por detrás de Dinamarca, Suiza, Austria, Islandia, Bahamas, Finlandia y Suecia), pese a tener un PIB per cápita muy bajo (5.312 dólares en 2008, seis veces menor que el español). Y en 2007 Bután fue la segunda economía que más rápido creció en el mundo. La educación, gratuita y en inglés, llega hoy a casi todos los rincones del país. Y un estudio recogía que el 97% de la población se declaraba “muy feliz” o “feliz” y sólo el 3% dijo no ser feliz”.


Hacia el verdadero turismo sostenible


 

En los años 70 empezaron a llegar los primeros turistas a Bután. Su filosofía es clara: quieren pocos turistas pero de calidad. Quieren evitar los desequilibrios ecológicos y sociales que, como bien sabemos por estas latitudes, provoca el turismo de masas.
Una de las apuestas económicas de futuro de Bután son las energías renovables, concretamente la hidráulica que producen los ríos que bajan del Himalaya. Esperan aumentar la exportación de energía a India en los próximos años.
Pero si por algo destaca Bután es por sus plantas medicinales. Es el paraíso para cualquier fitoterapeuta. Están trabajando en desarrollar una industria sostenible para exportar ese potencial. En el sistema de sanidad butanés existe la opción de elegir entre la medicina tradicional y la occidental.
Bután tiene mucho futuro, ahora que ha encontrado la vía de en medio.


Fuente: http://www.revistanamaste.com