18 de mayo de 2013

Cuento Taoista : Humildad vs Prepotencia


 
Por qué, venerable maestro, a quien presume de alguna virtud o habilidad nunca deja usted de decirle afablemente pero con firmeza, que se acuerde del tigre? Es que acaso tiene rayas el engreimiento como la piel de ese felino?-Quizás no tenga rayas para ti- respondió con voz queda y gesto acogedor el anciano varón-, pero para el desventurado Tong-Wei no solo tuvo rayas sino también colmillos...No sabes lo que sucedió?-Confieso mi ignorancia, sapientísimo guía; pero si mi naturaleza basta y mis groseras inclinaciones no se lo impiden, tal vez acceda usted -de ningún modo lo merezco- a contarme esa historia.-Lo Hare, claro que lo Hare-dijo el interpelado-; siéntate sobre esta esterilla y pronto Havre satisfecho tu curiosidad. Escucha, es una fabula que rueda de boca en boca. A mis abuelos la contaban sus abuelos, quienes a su vez las oyeron de labios de los suyos. Si a lo que narra damos fe, habitaba en las selváticas y calurosas comarcas que bañan las aguas rojizas del Río de las Tortugas un hombre llamado Tong-Wei, cuya destreza en las artes de la arquería hiciéronle famoso. Donde el ojo ponía enviaba la flecha. Nadie lo vio jamás fallar un solo tiro. Llego a ser tan indiscutible su maestría con el arco y tantos sus triunfos en los innumerables torneos en los que participara, que Tong Wei se volvió jactancioso. No era acaso el mejor? No aceptaban toda su evidente superioridad? Fue axial como cierto atardecer, mientras cazaba, le deparo el azar un encuentro imprevisto; al cruzar unos matorrales espinosos, se halla el súbito, en el claro del bosque, frente a un tigre gigantesco y amenazador. Mas rápido que la centella coloca la saeta, apunta, estira a cuerda, ya va a disparar... Fue entonces cuando el animal feroz atino a decir:-No dudo, Tong-Wei, de que cuando sueltes tu flecha dejare de existir; y honrado me sentiré de haber caído victima de tan extraordinario cazador. Sin embargo, si la postrera suplica de tu condenado logra conmover la nobleza de tu espíritu, yo te pediría que, antes de hacer diana en mi cuerpo, me demuestres tú sin par talento clavando el dardo en el nudo de aquel viejo roble. Sorprendido, pero también halagado por las encomiásticas palabras de la fiera, se voltea Tong-Wei hacia el tronco, y en su mismo centro encaja la saeta.-Maravilloso disparo!-exclama el carnívoro- Y podrías darle a la despreocupada lagartija que se solaza al sol sobre esa roca? alcanza a tanto tu virtud? Sin pensarlo dos veces lanza el arquero la flecha sobre el diminuto blanco y parte en dos la lagartija...-Formidable! Increíble!- grita entusiasmado el temible felino-; y a la avecilla que trina en la copa de esa alta palmera, acaso puede tu afilado proyectil hacerla callar? así, Tong-Wei, cuya fatuidad el tigre lamia y relamía con la obsecuente solicitud de un perro fue, una tras otra, dilapidando en inocentes objetos sus mortíferas armas... Y el rayado depredador no cesaba de elogiarlo:-Eres portentoso, eres único, eres genial. Ningún cazador pudo acometer la mitad de tus hazañas. Cuando el arquero, con su fatal soberbia no le caviar en el pecho, lanzo contra una mísera arana su ultimo dardo, el tigre, que no esperaba otra cosa, salto sobre el ahora indefenso cazador y en un abrir y cerrar de ojos hizo del sorprendido maestro de arquería deleitoso festín.-Pero, es verdadera esa historia, maestro?- pregunto incrédulo el joven catecúmeno.-Esto nunca podremos saber, hijo mismas de algo puedes estar seguro: donde el presumido se deja olfatear no tarda en aparecer un peligroso tigre... aunque no tenga rayas.