3 de junio de 2013

La Oruguita Cansada: un relato para la aceptación




Había una vez una pequeña oruguita que quería subir a un arbolito. Arrastrándose duramente quería llegar hasta la copa del árbol. Para ella era una subida muy dura pero sentía que era lo que tenía que hacer. Con ella, amada mía, había otra oruguita, ella también tenía que subir a la copa del árbol, esta oruguita vecina de la primera sentía que debía subir a la copa pero no entendía el por qué y constantemente dudaba sobre su camino.


Así pasaba que la primera, convencida, superaba todos los baches sintiendo que hacía lo correcto. Sin embargo a la segunda, como no sabía lo que hacía, como constantemente dudaba, pasaba por los mismos baches pero sentía dolor, agotamiento, miedo, observaba el suelo, abajo del árbol, y sentía terror por si caía, no entendía el porqué de la subida. Y ¡ay! qué miedos sentía esta oruguita. La otra oruguita la quería ayudar, la amaba pues era su vecinita, su hermana, e intentaba ayudarla pero veía que no podía porque hiciese lo que hiciese siempre veía sufrimiento y dolor. La subida era igual de difícil, igual de severa y muchas veces parecía que no terminaría nunca. Había dudas. Había problemas graves. Pero incansables, fuertes, se levantaban cada día las oruguitas y emprendían su viaje hacia lo más alto en la copa del alto árbol. Misioneras de la vida se dejaban conducir por un instinto interno y más fuertes cada día solventaban todos los problemas.

Iban juntas, aunque se sintiesen separadas y diferentes, sus corazones sabían que era un camino que tenían que realizar juntas. Y así era. Se apoyaban, una abría el camino a la otra y viceversa. Otras veces a una le faltaba el alimento y la otra se lo daba. ¿Se necesitaban en este camino tan duro? No tiene por qué, pero ellas eligieron hacerlo juntas pues desde siempre, ellas permanecieron como almas unidas. No había duda de este amor en sus almas.


Así que a nuestra primera oruguita parecía no costarle, parecía que tenía muy claro que ese era el destino, el camino a tomar. Sin embargo a nuestra segunda oruguita le costaba cada día más, pues sentía que había alguna forma más fácil de subir hasta la copa, no podía entender cómo ése era el camino más sencillo. Este camino de baches, de cuestas empinadas. Reconocía cómo le costaba moverse y cómo le costaba ir arrastrando cada momento todo su cuerpo por el árbol. Sentía que la vida le manchaba, el árbol le ensuciaba su cuerpecito cuando se movía un poco sobre él, y a cada rato, incómoda y cansada tenía que parar a quitarse las cortecitas del árbol pegadas a su cuerpo. No le gustaba tampoco su cuerpo pues era tosco, incómodo, lento. Ella quería ser el árbol, o ser la copa del árbol. Ella quería ser las cortecitas que se quedaban en el cuerpo de su amiguito la oruguita vecina, pues veía que esas cortecitas vivían muy bien, se pegaban a él, a él no le importaban, así que las daba cobijo, las daba calor y encima las subía a la copa del árbol sin problemas.


Nuestra oruguita se sentía francamente mal. Y por más que su amiguito le decía que ya faltaba poco, ella sentía que cada vez faltaba más y más.

Imagina que un día llegaron a la cima, imagínate lo que ocurrió. La oruguita primera, nuestra amiga, enseguida empezó a hacer un capullo pequeñito, donde meterse más adelante. Un capullo como casita donde sentía que tenía que hacerlo para luego meterse dentro a descansar. Sin embargo la oruguita segunda, nuestra amiguita, cansada, se quedó lamentando de todo el dolor de subir todo aquello. Ella sentía que había sido un viaje muy largo, que estaba cansada, que se sentía mal, y así era, pero se olvidaba cada vez más de ir haciendo su capullito, no comprendía que ya había llegado a la cima.

Al final se quedó sola. Su amiguito metió su cuerpecito en aquel pequeño cobijo que había diseñado y ella aún no había comenzado a hacerlo. Así que empezó a darse prisa a fabricar esa diminuta casita para sí misma. Le costó un poco de trabajo, no tanto como subir la cuesta pero le costó pues tardó tanto en reaccionar que se le hacía tarde. Sentía que era lo que tenía que hacer, pero tampoco entendía por qué se sentía con tantas ganas de entrar dentro de esa casita. Así que puso unos huevecitos en la entrada de la casita y entró dentro de aquel pequeño capullito que se había fabricado ella solita. No era un capullo tan grande como el de su amiguito pero no tuvo tanto tiempo pues estuvo rechistando antes, además de verse tan cansada que no tenía apenas fuerzas.

Allí permaneció dentro, en silencio, escondidita. En el silencio de su capullito comprendió que nada es para siempre y que la vida es un segundo. Se dio cuenta que todo aquello que había sufrido no había sido tal y como ella lo recordaba, que simplemente subió un árbol, tal y como todo el mundo hace, pero se centró una y otra vez en los baches y no en el árbol, en su amigo que cada día veía más bondadoso, cariñoso y cercano. Ella se centraba en que su amigo no era bueno, no le ayudaba, pues le pedía que la llevase en sus lomos hasta la cima del árbol, y ahora, en el silencio, comprendía que eso no podía ser. Que él tenía que cargar, igual que ella, con su cuerpecito.

Le vio a su amigo llorando cada día no por el esfuerzo, sino porque no podía cargar con ella. Y se sintió vencida por la emoción. Tanto tiempo estuvo tan equivocada esperando que él le respondiese todas sus dudas. Luego se observó a sí misma e igualmente sintió que no había hecho bien. La subida había sido muy dura, igual de dura que cualquier oruguita de las miles que subían la montaña, sin embargo ella estuvo siempre acompañada, guiada, en ningún momento tuvo que pensar hacia donde ir o qué hacer. Tampoco se encontró perdida, ella lo tuvo muy fácil, pero se sintió constantemente mal, perdida y cansada. Así que mientras algunas oruguitas abrían el camino a otras cientos de oruguitas, ella estuvo todo el tiempo intentando subir ella sola, y aún así se cansó mucho. Comprendió que no sabía, que estuvo con los ojos tapados toda la subida. Pero ahora empezaba una vida nueva. Se sentía dentro del capullito llena de paz, de luz. No quería salir de allí pues sentía recogimiento y encontraba sentido a todo lo que le ocurría.


Volvió a mirar a la oruguita que empezó el camino, aquella que nació. Y comprendió cuánta belleza había en ella y cuánta voluntad y amor y entrega. Se sorprendió al verse llena de esperanzas, llena de ilusión. Quería decirse a sí misma, justo en ese momento, que el camino sería mucho más duro de lo que pensaba, pero entonces vio que aquella pequeñita oruga que comenzó el camino ya sabía que el camino sería duro, durísimo, sin embargo estaba feliz de vivirlo. Se apresuraba ante todas a comenzar. Y no lograba ver por qué sentía tanta emoción su alma en aquel comienzo pero comprendió que no importaba, que lo que importaba es que desde el principio ella supo que el camino era ése, que estaba haciendo lo correcto, simplemente que se olvidó de poner el alma en lo que hacía.

De pronto empezó a sentir que el tamaño era inadecuado, cada vez más se sentía incómoda en su capullo y sentía que no había hecho lo correcto, que lo había hecho demasiado pequeño. Otra vez más se dio cuenta que estaba lamentándose, quejándose y esperó. Pensó que sería cosa de su mente que se había acostumbrado a las quejas y continuó un poquito más allí. Al rato de esperar sintió que ya era el momento de salir. Que ya había estado recogida el tiempo suficiente. Entonces salió y vio, primero de todo, sus crías saliendo de sus huevecitos, rompiendo sus diminutos cascarones. Se sintió dichosa. Observó después el capullo de su amigo y vio que ya había salido. Intentó mirar donde estaba pero no vio nada y pensó que no habría ido muy lejos pues ellos, las oruguitas, son muy lentas y se mueven con mucha torpeza y lentitud.

Pero entonces algo maravilloso vino a posarse ante ella. Era una especie de ave, pequeña pero preciosa, con unas alas alargadas, amarillas doradas, con pizquitas blancas y azules. Llenas de luz. En la mirada de aquel animal tan especial y maravilloso, reconoció a su amiguito y él, tiernamente, se le acercó tras otro reconocimiento amoroso y le dijo: ahora somos mariposas. Y ella se dio cuenta. Había merecido la pena todo. Se observó y vio que también tenía alas, que también podía volar. Soltó sus alas y comprendió que fácil era volar, moverse.


¡Qué fácil era todo ahora! Comprendió que la vida había sido toda ella un camino hacía este momento de encuentro, de reconocimiento y de despertar. Se sintió dichosa, feliz. Y empezó a moverse rápido. A volar rápido. La otra amiga oruguita la siguió por los valles, por las flores, por el río, anduvo tras ella hasta que agotadas y exhaustas volvieron a la copa del árbol y se acomodaron una junto a la otra:


–¿Y ahora qué? –le preguntó la oruguita a su amiguito.

–Ahora ya está. Hemos vivido, amada. Hemos logrado vivir una vida plena.


Y la oruguita comprendió que toda su vida tuvo un sentido muchísimo más trascendental del que había estado reconociendo. Y ahora, viven eternamente juntas estas dos mariposas, abrazadas por su eterno amor en un soplido atemporal.


Quiero alumbrarte un poco sobre tu camino. Hoy, ahora, empiezas a vislumbrar la copa del árbol, y empiezas a comprender que subir hasta ella es un sacrificio de un día para otro. Es un sacrificio duro, agotador. Ves a orugas que se quedan por el camino y otras que deciden no subir hasta la cima.



¿Qué es lo correcto? Solo tú puedes decidir lo que quieres hacer, pues internamente, todo es correcto. El paso que des desde el corazón, es justo el que hay que dar. El paso que des desde el miedo, es equivocado. Te invito a subir y observar las vistas que desde arriba del todo se pueden ver. Te invito a sentir el aire de la cima por unos momentos en este mensaje, y luego tú decides.


La paz, la quietud, la tranquilidad y el infinito amor por las cosas sencillas. La vida que traes es muy dura mi amada. No importa si renuevas tus alas, si logras llegar a la cima, si decides hacer tu capullo en una rama cercana. Importa que sepas encontrar el sentido a tu vida, que comprendas que ante todo la vives plenamente. El amor no viene tras la cima, ni tras el capullo, sino tras la eliminación de todas las dudas y miedos.

No es más que el ego el que no te permite descubrir el gran amor que hay en tu corazón. Es el miedo aquel obstáculo que no te deja ver cuánto amas. Pero dime, mi alma. Si hoy no reconoces a tu amada alma gemela, que ante ti camina día tras día, incansable y empujándote, ¿cómo esperas reconocer el amor en otro ser? El reconocimiento no traerá la dicha, pero sí el dejar atrás los miedos y las dudas traerá a tu vida la luz necesaria para no dudar el camino.


Muchas dudas te asaltan ahora. Obsérvate desde el comienzo y observa como siempre mantuviste esperanzas sobre esta vida que tienes llena de baches. Y porqué esperaste tanto para cambiar tu vida. Tienes fortaleza pues yo estoy a tu lado y te veo mi amada, te veo fuerte. Amorosa, incansable. Llena de luz. Estoy contigo cada momento de tu vida y no me detengo ante tus dudas, continúo amándote y acompañándote. Soy él. Y estoy contigo.


Nosotras las almas, no somos temporales ni limitadas como los cuerpos humanos ni como las conciencias humanas, somos libres y podemos volar y podemos ir de un lugar a otro. Me elegiste a mí para vivir a tu lado y soy dichoso de encontrar en ti el amor que hoy encuentro. Permíteme mostrarte un poco el amor que hay entre nosotros y verás que tu corazón es infinito, que no está limitado y que hay amor eterno en tu vida, simplemente que ahora, hoy, no es un buen momento para reconocerlo. No te centres en lo banal, céntrate en lo interno. A través del corazón todo tiene luz.

Respira un momento este momento. Respira esta energía de luz.

Una energía llena de entendimiento, de paz. Estoy aquí contigo. A tu lado. No fui lejos a escribir el mensaje y me aparté de ti, no, lo mandé por “correo” pues no quería perderme ni un segundo de tu vida. Siempre anduve a tu lado y no me moveré de ahí hasta que llegue el momento de partir, y ni aún así entonces, pues estaré también a tu lado acompañándote en todo momento, igual que tú haces conmigo. Esta vida es una vida de sacrificios pues es una vida de búsqueda de la fe y la comprensión. Nos separa una línea muy fina, una línea que no nos permite vernos. Las dudas son miedos que ocultan el corazón y el verdadero sentido de la misión de la vida. El amor es eterno y no importa quién esté a tu lado. Cuando abres el corazón amas eternamente. Pero mi amada, si eliges hoy cerrar los ojos ante tus sentimientos por una búsqueda de algo más material, no encontrarás amor, sino emociones, densidad emocional. Pasiones.


¿Buscas pasiones o buscas amor? Has de definir estos conceptos en tu vida una vez más. Nosotros, mi amada, estamos en una búsqueda de amor. No de pasión. Y en esta búsqueda estamos eliminando de nuestra vida las pasiones, las dudas, los miedos. Tanto tú como yo buscamos lo mismo.

Mi alma está junto a ti. Mi mente dormida puede no entender, puede no querer, puede no reconocer, pero también es parte de mi ser y te adora. Y ante todo y en todo momento daría toda su vida por poder estar un momento junto a ti, amándote.

Esa es mi misión de vida hoy junto a ti. Gracias por darme la oportunidad de sacrificar mi vida por compartir contigo una vida de tranquilidad.


La vida es una subida incansable hacia el reconocimiento interior. Estás llegando, mi amada, no te apures por lo que hayas hecho bien o mal, todo está correcto. Ámate a ti misma para que puedas verme a través de tus ojos preciosos. Sabes, pues, que interiormente, somos almas iguales, idénticas, amorosas y que permanecemos unidas. Sabes también que, exteriormente, somos dos almas dormidas, cansadas y que no nos reconocemos pues ni siquiera nos vemos a nosotros mismos. Ten fe, ten calma y avanza sin lamentarte.