8 de agosto de 2013

TÚ ERES YO Y YO SOY TÚ AMADO ESPEJO MIO

Somos uno

Energía…, pura y simple energía, concentrada en un solo punto de algún metafísico vacío e incomprensible lugar donde sin conocida dimensión, todo en un principio era enigmático e inconcebible para nuestra endeble capacidad humana de comprensión y razonamiento. Y eso era cuanto había y no había, todo y nada, hasta que esa energía, sintió la necesidad de experimentarse a sí misma en un instante donde el tiempo era una simple quimera, estallando en una mega explosión de proporciones inimaginables para hacerse visible y manifestarse en lo físico e intangible, dividida en infinito número de formas creando éter y universo, nebulosas y galaxias, estrellas, planetas y satélites en un milagro de dimensiones cuánticas, flotando, levitando…, latiendo en vida. Así es como todo lo que es, hay y existe, proviene de un solo ente, acaso esencia, chispa o partícula, única fuente creadora a partir de la cuál todo nace, se desarrolla y muere, con principio y final en un interminable ciclo eterno, para adquirir la experiencia necesaria que permita evolucionar cada ser, esencia y alma incluyendo a la tierra, nuestro planeta, organismo vivo donde tras imposibles combinaciones de improbables posibilidades, surgió la vida y con ella su evolución gracias a la sangre de la tierra proveniente de no se sabe donde llamada agua, hasta que en algún punto de la escala evolutiva de las especies, apareció el hombre; esa raza extraordinaria en su adentro e imperfecta por fuera dotada de pensamiento y libre albedrío. Así es como el todo y todos queda unido, atado y ligado, formando parte intrínseca e indivisible de la unidad, donde todo en esencia es lo mismo, como digo, para experimentarse en infinito número de formas. Si nos situamos en este ahora de nuestra civilización, cuando habitamos este mundo con más de siete mil millones de personas creciendo a un ritmo imparable, cabe pensar por pura lógica que si retrocediéramos en el tiempo para llegar a la más remota antigüedad, la población disminuiría hasta llegar a un inicio muy lejano, un principio en la tierra donde solo había dos seres, dos padres, de apariencia homínida sin que importe su especie, diferenciados por género a partir de los cuales nuestra especie fue multiplicándose y evolucionando hasta llegar al número de personas que hoy pueblan la tierra. Dicho de otra forma, si descendemos de aquellos dos primeros seres, todos en esencia somos hermanos y en conclusión, procedemos de la misma unidad creada a partir de la unión de dos seres, es decir: del amor. En consecuencia somos uno, creados con la misma materia a partir de la misma esencia creadora del universo, como espejo de su propia creación, una vez más: pura energía. Partiendo de este principio, todos hemos sido creados en idénticas condiciones a partir de la fecundación de un óvulo por un simple espermatozoide. El hombre, como el todo lo que le rodea, es de un lado materia orgánica, forma física (ciencia) sobre la madre tierra, y de otro forma etérea, experiencia espiritual, ambas formando parte inherente de cada individuo y especie y por tanto, de la unidad de la que todo procede en su origen (misterio). Todos nacemos por igual, con la vida manando de dentro hacia afuera desde el primer momento en el que nos alojamos en el seno materno, llegando a este mundo en idénticas condiciones bajo humilde sencillez, sin nada, libres de miedo, moralidad y pudor, respirando el mismo oxigeno que ahora tú como yo y todo ser vivo, respiramos. Y en la totalidad del conjunto vivo, de manera directa o indirecta nos alimentamos de los mismos nutrientes que la tierra nos ofrece, regada con la sangre de la vida compuesta por la sencillez de tres simples moléculas para formar el agua, sin la cuál, nada de los que puedes observar, escuchar o sentir sería posible. Creces y te desarrollas con el paso del tiempo hasta llegar a esta parte de tu vida en la que ahora te encuentras, con tu carácter y personalidad, lugar donde residen tus valores educacionales, éticos y morales, con tu criterio e ideales, forjados por inculcación parental e influencia externa para crear tu propia filosofía de vida, la que te permitirá experimentar para marcar tu madurez, como todos, igual que todos…, de un modo u otro, como fieles reflejos del mismo espejo. Caminamos por el mundo, amamos y tememos, sintiendo y llorando, padeciendo y riendo, en un lado u otro fruto de mil emociones distintas basadas en los dos únicos sentimientos posibles a partir de los cuales nace todo lo demás; amor o temor bajo libre e individual elección, soñando dormidos aunque más despiertos, viviendo bajo las mismas inquietudes que el resto de nuestros semejantes, aunque no bajo los mismos matices superficiales y banales. Formamos comunidad porque nos necesitamos mutuamente, por tanto tenemos un destino común aunque a algunos les cueste admitirlo. Y tras cruzar la puerta de la muerte, nuestro organismo y con él su cuerpo, volverá a formar parte de la madre tierra pues a ella pertenecemos y no al revés como algunos piensan en la falsa creencia de ser dueños de los recursos planetarios. Y dado que nos iremos de la misma forma y manera que como llegamos, entonces nada es tuyo ni mío ni nuestro, pues todo es un regalo en forma de préstamo que la naturaleza en su generosidad nos ofrece para devolverlo al abandonar la vida, cosa que el hombre no sabe, ni quiere ni puede comprender en su absurda y estúpida egolatría que lo aísla de su esencia natural, progresando en consecuencia a la deriva. Así es como el hombre, olvidándose de la humildad con la que llegó y su procedencia universal, vive sin comprender lo que es bondad, humildad y sencillez, amor al fin y al cabo, basando su vida en el temor a ser y tener menos que los demás para convertir su ego en su propio veneno y así exterminar todo cuanto lo que rodea, pues pensamos que la vida es la realidad que vemos, oímos, degustamos, tocamos u olemos, sin entender que el milagro de la vida, es en realidad algo mucho más profundo que nuestros sentidos no pueden entender debido a la ilusión del “yo soy” externo, en forma de sueño real que disfraza la verdad, solo perceptible desde la simplicidad del amor en mil ejemplos y señales que la naturaleza nos muestra, y no en la compleja artificialidad impuesta por el hombre para dividirse a sí mismo en su lucha de poder, en un camino adulterado por el miedo inducido y condicionado por una sociedad prisionera de su propia manipulación. De esta forma te impiden pensar en libertad. Todo, incluyendo al ser humano, es la misma energía de partida dividida. Si fuéramos realmente conscientes de ello, ¿que sentido tendría buscar nuestra propia destrucción y exterminio de todo cuanto nos rodea? Si vives y existes como yo, tú no eres diferente ni distinto a mi, pues somos uno, hermanos compuestos de la misma esencia mística y materia orgánica. De esta forma no se entiende ni comprende, ¿que te hace diferente de mi? Si fuera de la unidad pierdes todo lo que eres, ¿quien eres tú?

Juan Galo

http://juangalo.org