20 de mayo de 2014

Somos tres: parejas abiertas



Sé que mi pareja mantiene relaciones sexuales con otra persona. Esto no me hace feliz, pero no me siento capaz de romper mi relación con ella. Y esto me confunde e inquieta.

Según estadísticas el porcentaje de parejas institucionalizadas que tienen relaciones extra matrimoniales, es más alto de lo que en general las personas imaginan. Y lo que este hecho parece señalar es la falta de coherencia con el patrón de exclusividad sexual, un patrón a menudo pactado en rito y establecido de mutuo acuerdo por las dos personas. Y sucede que cuando éste se trasgrede, se activa un estado de ocultación y mentira que el trasgresor se ve obligado a mantener, un estado tóxico que bloquea el corazón y de paso intoxica el vínculo de pareja.

Bien sabemos que durante milenios en las comunidades agrícolas de países en vías de desarrollo que hoy coexisten en la mayor parte del planeta, son los burdeles o bien las amistades “especiales”, quienes de alguna forma han contribuido a la continuidad de la familia. Y dado que la religión condena tales escapadas, la doble moral está socialmente aceptada y hay “manga ancha” para los varones y la presión de sus hormonas. En tales sociedades patriarcales en las que priman las necesidades básicas, si el marido no bebe, cuida de su familia, y tiene visitas sexuales inofensivas con quien su bolsillo aguanta, la esposa y madre de la prole tiende a taparse los ojos sin ningún tipo de drama.

En tales culturas el énfasis de la pareja no está en las aventuras sexuales del varón, sino en no despistarse con otras mujeres y mantener a toda costa a la familia. En realidad aspectos tales como la sinceridad y la comunicación emocional son considerados como asuntos menores y más propios de lo femenino que de quienes viven endurecidos por el sudar la camiseta día a día.




La sociedad más progresista y económicamente desarrollada, tiene en su seno mujeres y hombres con los mismos derechos en vidas más balanceadas. Y esto cambia las cosas ya que hombre y mujer ejercen roles intercambiables, y ambos pretenden las mismas cosas. Se trata de una realidad que ha dado lugar a nuevos escenarios y exigencias. Las mujeres del primer mundo se sienten engañadas y toman serias medidas cuando su pareja tiene relaciones sexuales con terceras personas. Y los hombres, aunque hacen gala de progresismo y están más abiertos que en épocas precedentes, llevan muy mal la posible aventura de su mujer a la que sienten como “suya”.

Más allá del rol elegido por la pareja o las experiencias que que ambos precisen para expandir sus consciencia, es muy posible que una gran parte de seres humanos no estén preparados para responder con integridad a la exclusividad que se pacta, ni tampoco se vean capaces de proponer un acuerdo de unión en régimen de “relaciones abiertas”. Es decir, relaciones en las que cada cual y por su cuenta, asuma gestionar sus propias pulsiones eróticas y particulares tendencias.

En los tiempos actuales sucede todavía que cualquier propuesta de “pareja abierta”, suele desencadenar sentimientos de inseguridad en sus miembros e inquietantes temores de pérdida. En realidad muchas personas consideran que si se constituye una pareja en relación abierta, ¿para qué ser pareja? Mejor en tales casos dejar que tan sólo sea una pura amistad la que entre ambos se establezca.
¿Es entonces condenable la poligamia?

El problema no está en el patrón elegido, sino en la coherencia con el acuerdo que la pareja establezca. Desde esta perspectiva no se trata de condenar la poligamia o de culpabilizar la pasión por una tercera persona que de pronto aparece para tapar carencias en la vida de un miembro de la pareja. Lo que realmente trae problemas es la incoherencia de transgredir al acuerdo, y más tarde el verse obligados a mentir por no haber afrontado un pacto de relaciones abiertas.

Las mujeres en el seno de un mundo laboral desarrollado y trepidante, enfrentan deseos y situaciones en las que encontrar placer con las mismas pulsiones que anteriormente tan solo los hombres manejaban. Ya no solo buscan amar y ser amadas, sino que además no soslayan la posibilidad de vivir aventuras que expandan su mundo y les muevan el alma. En realidad conviene reconocer que la coherencia exige grandes renuncias y compromisos con lo pactado, algo que no siempre compensa cuando se vive una vida en la que todavía no se ha revelado el sentido de lo profundo y permanece velada la verdadera esencia.

Y en este contexto de acuerdos y compromisos que a ambos por igual vinculan, sucede que la mentira es considerado de por sí, como una victoria del miedo y la amenaza. Y bien sabemos que cuando el miedo vence, el amor se retira. El miedo a no afrontar lo que hay, desencadena engaños y traiciones que para muchas personas acaban en verdaderas tragedias. Y sucede que en muchos casos, cuando llega la noticia de que la pareja viene teniendo relaciones secretas, o bien se estalla en iracunda rebeldía o bien el alma de quien se siente engañado, se encoge y nace una desconfianza enfermiza y generalizada. Son momentos en que afloran recuerdos amargos de aquellas noches anteriores vividas en inocente entrega con quien nos hoy sabemos que ya desde entonces nos traicionaba. Es decir, noches pasadas en las que aquellos besos con alma, ahora son extrañamente vistos como una gran pantomima. En realidad quien se siente objeto de traición y mentira, afronta una dolorosa contracción que lo acongoja y humilla. Sin duda una consecuencia emocional que quien trasgrede debe tener en cuenta.

Habrá que reconocer que en la mayor partes de las culturas actuales, no estamos preparados para asumir con comprensión y madurez la llamada infidelidad sexual de nuestra pareja. Todavía esta se suele asociar no sólo a un doloroso “ya no me quiere”, sino también a la vergüenza de sentir que cada caricia recibida nacía de un corazón dividido y por tanto tenía un tanto de farsa. En realidad en un nivel básico de desarrollo, resulta muy difícil asumir tales hechos sin toda la carga de desamor y menosprecio que parece acompañar a la mentira.

Lo que sí está claro, es que la pareja no siempre precisa de la continuidad de la pasión sexual para seguir existiendo. La pareja es un acuerdo de unión más complejo y de mayor calado que el hecho de basar su supervivencia en el tejido monógamo de las relaciones sexuales. Y desde esta perspectiva, cada cual debe evaluar el cómo responder a este tipo de situaciones con el máximo respeto y cordura. Si se pacta exclusividad sexual y no estamos preparados para ello, habrá que trabajarse en la renuncia y al sentido de la aventura erótica para recibir los frutos de una unión más honda. Y si por el contrario se pactan relaciones abiertas, habrá que vivir soltando apegos y sostenerse cuando el sentimiento de abandono y pérdida aparezcan.

La clave de nuestra sociedad racional y desarrollada está en el tipo de acuerdo que haya constituido la relación, y si nuestra acción está o no rompiendo el pacto que fundamenta el vínculo de pareja. En cualquier caso, la persona que se ha entregado a quien dice amarla y que se siente posteriormente “engañada”, suele enfrentar un doloroso quebranto en su seguridad y auto confianza.

Bien es sabido que se puede amar a la propia pareja y a su vez tener relaciones sexuales con otra u otras personas sin que la lealtad sufra merma, sin embargo cuando se entiende la relación de pareja como un camino de crecimiento y complicidad sagrada, la necesidad de ocultación determinará cuando nuestros actos han cruzado una peligrosa raya.
¿Cómo es vivida la llamada infidelidad entre seres con consciencia expandida?

Los miembros de una pareja que participan de la dimensión transpersonal, no viven los acontecimientos de este tipo de igual manera. En realidad cada uno sabe que tan solo desde la verdad puede sostenerse la mutua mirada. Las acciones que cada cual realice serán fruto de su proceso coherente y las consecuencias se deberán asumir sin la dramatización que tanto intoxica en otros niveles de conciencia. Y aunque los vínculos son profundos y acontece dolor por procesos de pérdida, el respeto mutuo es de tal dimensión que se apuesta por crecer con lo que sucede, y desde ahí recolocar cada día la forma de vida con pareja o sin ella. Este nivel de conciencia conlleva mirar a través de las apariencias, y abrirse con atención compasiva a lo que no casualmente llega.

Y de la misma forma que desde la perspectiva existencial, la muerte nunca es una calamidad, tampoco tiene por qué ser una calamidad la fecha de caducidad de una relación de pareja. No hay fracasos, todo son experiencias. Bien sabemos que el dolor de la separación suele desencadenar un sentimiento intenso de duelo y angustia. Sin embargo, se requiere un gran discernimiento para reconocer la dramatización que nuestra mente le añade, ya que esta es el único veneno que realmente acongoja.

Dolor sí, en la medida que éste acontece y durante el tiempo que dura. Sufrimiento no. Pues sin duda éste es un constructo victimista y dramatizador que puede eludirse si somos competentes y observamos el modo en que nuestra mente funciona.

Reconozcamos nuestra responsabilidad para con nosotros mismos procediendo a erradicar el sufrimiento y superemos por tanto nuestra consiguiente incompetencia. El camino para su eliminación no es nuevo ni corresponde al mercado de soluciones mágicas. Se trata de practicar en la cultura del silencio y proceder a observar la propia mente en los procesos tóxicos que esta se monta. El desarollo consiguiente ofrecerá sin duda una habilidad propia de la alta cultura y desde ahí nuestras relaciones estarán permanentemente bañadas de la belleza y verdad que desvela la auto consciencia.




Por José María Doria
Publicado en Claves de Amor y Relaciones el 2 de diciembre de 2013