18 de octubre de 2014

Sabiduría Tolteca :La vida es sueño y el mitote



Hace más de dos mil años los Toltecas eran conocidos en el centro y sur de México como mujeres y hombres de conocimiento. Antropólogos e historiadores han hablado de ellos como una raza o una cultura, aunque en principio los Toltecas eran simplemente un grupo de hombres y mujeres que juntos supieron vivir en equilibrio y armonia, en comunidad y con la naturaleza.

Los orígenes de los Toltecas se remontan a un lugar que ellos llamaron Tollan, hoy llamado Tula, justo al norte de lo que hoy es conocido como la Ciudad de México. Allí, estos hombres y mujeres sabios se reunieron a formar una comunidad sumando su conocimiento y sabiduría. Se organizaron en grupos de hombres y mujeres guiados por un “nagual”, quien era maestro y guía. Solían aprender y crecer juntos, hasta que cada cual podía darse cuenta de “quién” era en realidad y podía así mismo soñar una vida de felicidad y amor.

Conforme los Toltecas se asentaron en Teotihuacan, llegaron allí muchos seguidores venidos de todo el continente con ganas de aprender su forma de vida. De forma regular había gente de Centroamérica y del norte de México, lo que actualmente es el suroeste de los Estados Unidos, que iban a Teotihuacan a comerciar sus mercancías. Pero más aun, muchos iban para ser llamados por el nagual, quien los invitaba a aprender las enseñanzas de los maestros toltecas. Los estudiantes tenían que tener el valor de enfrentarse a sí mismos, y, a través de ese conocimiento, cambiar su modo de vida.

Con la influencia de la cultura europea estas enseñanzas antiguas quedaron escondidas bajo tierra. Aunque este conocimiento ha sido heredado de boca a boca por muchas generaciones de naguales.

Al experimentar el “amor” bajo las enseñanzas Toltecas, se puede decir que es un alejamiento radical del concepto de amor que nos ha sido enseñado a través del proceso de domesticación del hombre. La mayoría de nosotros ha aprendido que el amor suele sentirse como dolor, que nos hace sufrir, sentir celos y necesitar a otra persona, o nos empuja a tratar de controlar a los otros.

El concepto Tolteca de Amor es el amor incondicional que surge de la “esencia” de todo lo que “es”.

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La domesticación y el sueño del planeta

Soñar es una de las principales funciónes de la mente, y la mente sueña veinticuatro horas al día. Sueña cuando el cerebro está despierto y también cuando está dormido. La diferencia estriba en que, cuando el cerebro está despierto, hay un marco material que nos hace percibir las cosas de una forma lineal. Cuando dormimos no tenemos ese marco, y el sueño tiende a cambiar constantemente.

Los seres humanos soñamos todo el tiempo. Antes de que naciésemos, aquellos que nos precedieron crearon un enorme sueño externo que llamaremos el sueño de la sociedad o el sueño del planeta. El sueño del planeta es el sueño colectivo hecho de miles de millones de sueños más pequeños, de sueños personales que, unidos, crean un sueño de una familia, un sueño de una comunidad, un sueño de una ciudad, un sueño de un país, y finalmente, un sueño de toda la humanidad. El sueño del planeta incluye todas las reglas de la sociedad, sus creencias, sus leyes, sus religiones, sus diferentes culturas y maneras de ser, sus gobiernos, sus escuelas, sus acontecimientos sociales y sus celebraciones.

Nacemos con la capacidad de aprender a soñar, y los seres humanos que nos preceden nos enseñan a soñar de la forma en que lo hace la sociedad. El sueño externo tiene tantas reglas que, cuando nace un niño, captamos su atención para introducir estas reglas en su mente. El sueño externo utiliza a mamá y papá, la escuela y la religión para enseñarnos a soñar.

La atención es la capacidad que tenemos de discernir y centrarnos en aquello que queremos percibir. Percibimos millones de cosas simultáneamente, pero utilizamos nuestra atención para retener en el primer plano de nuestra mente lo que nos interesa. Los adultos que nos rodeaban captaron nuestra atención y, por medio de la repetición, introdujeron información en nuestra mente. Así es como aprendimos todo lo que sabemos.

Utilizando nuestra atención aprendimos una realidad completa, un sueño completo. Aprendimos cómo comportarnos en sociedad: qué creer y qué no creer; qué es aceptable y qué no lo es; qué es bueno y qué es malo; qué es bello y qué es feo; qué es correcto y qué es incorrecto. Ya estaba todo allí. Todo el conocimiento, todos los conceptos y todas las reglas sobre la manera de comportarse en el mundo.

Cuando íbamos al colegio, nos sentábamos en una silla pequeña y prestábamos atención a lo que el maestro nos enseñaba. Cuando íbamos a la iglesia, prestábamos atención a lo que el sacerdote o el pastor nos decía. La misma dinámica funcionaba con mamá y papá, y con nuestros hermanos y hermanas. Todos intentaban captar nuestra atención. También aprendimos a captar la atención de otros seres humanos y desarrollamos una necesidad de atención que siempre acaba siendo muy competitiva. Los niños compiten por la atención de sus padres, sus profesores, sus amigos: “Mírame! ¡Mira lo que hago! ¡Eh, que estoy aquí!”. La necesidad de atención se vuelve muy fuerte y continúa en la edad adulta.

El sueño externo capta nuestra atención y nos enseña qué creer, empezando por la lengua que hablamos. El lenguaje es el código que utilizamos los seres humanos para comprendernos y comunicarnos. Cada letra, cada palabra de cada lengua, es un acuerdo. Llamamos a esto una página de un libro; la palabra página es un acuerdo que comprendemos. Una vez entendemos el código, nuestra atención queda atrapada y la energía se transfiere de una persona a otra.

Tú no escogiste tu lengua, ni tu religión ni tus valores morales: ya estaban ahí antes de que nacieras. Nunca tuvimos la oportunidad de elegir qué creer y qué no creer. Nunca escogimos ni el más insignificante de estos acuerdos. Ni siquiera elegimos nuestro propio nombre.

De niños no tuvimos la oportunidad de escoger nuestras creencias, pero estuvimos de acuerdo con la información que otros seres humanos nos transmitieron del sueño del planeta. La única forma de almacenar información es por acuerdo. El sueño externo capta nuestra atención, pero si no estamos de acuerdo, no almacenaremos esa información. Tan pronto como estamos de acuerdo con algo, nos lo creemos, y a eso lo llamamos “fe”. Tener fe es creer incondicionalmente.

Así es como aprendimos cuando éramos niños. Los niños creen todo lo que dicen los adultos. Estábamos de acuerdo con ellos, y nuestra fe era tan fuerte, que el sistema de creencias que se nos había transmitido controlaba totalmente el sueño de nuestra vida. No escogimos estas creencias, y aunque quizá nos rebelamos contra ellas, no éramos lo bastante fuertes para que nuestra rebelión triunfase. El resultado es que nos rendimos a las creencias mediante nuestro acuerdo.

Llamo a este proceso “la domesticación de los seres humanos”. A través de esta domesticación aprendemos a vivir y a soñar. En la domesticación humana, la información del sueño externo se transfiere al sueño interno y crea todo nuestro sistema de creencias. En primer lugar, al niño se le enseña el nombre de las cosas: mamá, papá, leche, botella... Día a día, en casa, en la escuela, en la iglesia y desde la televisión, nos dicen cómo hemos de vivir, qué tipo de comportamiento es aceptable. El sueño externo nos enseña cómo ser seres humanos. Tenemos todo un concepto de lo que es una “mujer” y de lo que es un “hombre”. Y también aprendemos a juzgar: Nos juzgamos a nosotros mismos, juzgamos a otras personas, juzgamos a nuestros vecinos...

Domesticamos a los niños de la misma manera en que domesticamos a un perro, un gato o cualquier otro animal. Para enseñar a un perro, lo castigamos y lo recompensamos. Adiestramos a nuestros niños, a quienes tanto queremos, de la misma forma en que adiestramos a cualquier animal doméstico: con un sistema de premios y castigos. Nos decían: “Eres un niño bueno”, o: “Eres una niña buena”, cuando hacíamos lo que mamá y papá querían que hiciéramos. Cuando no lo hacíamos, éramos “una niña mala” o “un niño malo”.

Cuando no acatábamos las reglas, nos castigaban; cuando las cumplíamos, nos premiaban. Nos castigaban y nos premiaban muchas veces al día. Pronto empezamos a tener miedo de ser castigados y también de no recibir la recompense, es decir, la atención de nuestros padres o de otras personas como hermanos, profesores y amigos. Con el tiempo desarrollamos la necesidad de captar la atención de los demás para conseguir nuestra recompensa.

Cuando recibíamos el premio nos sentíamos bien, y por ello, continuamos haciendo lo que los demás querían que hiciéramos. Debido a ese miedo a ser castigados y a no recibir la recompensa, empezamos a fingir que éramos lo que no éramos, con el único fin de complacer a los demás, de ser lo bastante buenos para otras personas. Empezamos a actuar para intentar complacer a mamá y a papá, a los profesores y a la iglesia. Fingimos ser lo que no éramos porque nos daba miedo que nos rechazaran. El miedo a ser rechazados se convirtió en el miedo a no ser lo bastante buenos. Al final, acabamos siendo alguien que no éramos. Nos convertimos en una copia de las creencias de mamá, las creencias de papá, las creencias de la sociedad y las creencias de la religión.

En el proceso de domesticación, perdimos todas nuestras tendencias naturales. Y cuando fuimos lo bastante mayores para que nuestra mente lo comprendiera, aprendimos a decir que no. El adulto decía: “No hagas esto y no hagas lo otro si”. Nosotros nos rebelábamos y respondíamos: “iNo!”. Nos rebelábamos para defender nuestra libertad. Queríamos ser nosotros mismos, pero éramos muy pequeños y los adultos eran grandes y fuertes. Después de cierto tiempo, empezamos a sentir miedo porque sabíamos que cada vez que hiciéramos algo incorrecto recibiríamos un castigo.

La domesticación es tan poderosa que, en un determinado momento de nuestra vida, ya no necesitamos que nadie nos domestique. No necesitamos que mamá o papá, la escuela o la iglesia nos domestiquen. Estamos tan bien entrenados que somos nuestro propio domador. Somos un animal autodomesticado. Ahora nos domesticamos a nosotros mismos según el sistema de creencias que nos transmitieron y utilizando el mismo sistema de castigo y recompensa. Nos castigamos a nosotros mismos cuando no seguimos las reglas de nuestro sistema de creencias; nos premiamos cuando somos “un niño bueno”, o “una niña buena”.

Nuestro sistema de creencias es como el Libro de la Ley que gobierna nuestra mente. No es cuestionable; cualquier cosa que esté en ese Libro de la Ley es nuestra verdad. Basamos todos nuestros juicios en él, aun cuando vayan en contra de nuestra propia naturaleza interior. Durante el proceso de domesticación, se programaron en nuestra mente incluso leyes morales como los Diez Mandamientos. Uno a uno, todos esos acuerdos forman el Libro de la Ley y dirigen nuestro sueño.

Hay algo en nuestra mente que lo juzga todo y a todos, incluso el clima, el perro, el gato... Todo. El Juez interior utiliza lo que está en nuestro Libro de la Ley para juzgar todo lo que hacemos y dejamos de hacer, todo lo que pensamos y no pensamos, todo lo que sentimos y no sentimos. Cada vez que hacemos algo que va contra el Libro de la Ley, el Juez dice que somos culpables, que necesitamos un castigo, que debemos sentirnos avergonzados. Esto ocurre muchas veces al día, día tras día, durante todos los años de nuestra vida.

Hay otra parte en nosotros que recibe los juicios, y a esa parte la llamamos “la Víctima”. La Víctima carga con la culpa, el reproche y la vergüenza. Es esa parte nuestra que dice: “Pobre de mí! No soy suficientemente bueno, ni inteligente ni atractivo, y no merezco ser amado. ¡Pobre de mí”. El gran Juez lo reconoce y dice: “Sí, no vales lo suficiente”. Y todo esto se fundamenta en un sistema de creencias en el que jamás escogimos creer. Y el sistema es tan fuerte que, incluso años después de haber entrado en contacto con nuevos conceptos y de intentar tomar nuestras propias decisiones, nos damos cuenta de que esas creencias todavía controlan nuestra vida.

Cualquier cosa que vaya contra el Libro de la Ley hará que sintamos una extraña sensación en el plexo solar, una sensación que se llama miedo. Incumplir las reglas del Libro de la Ley abre nuestras heridas emocionales, y reaccionamos creando veneno emocional. Dado que todo lo que está en el Libro de la Ley tiene que ser verdad, cualquier cosa que ponga en tela de juicio lo que creemos nos hace sentir inseguros. Aunque el Libro de la Ley esté equivocado, hace que nos sintamos seguros.

Por este motivo, necesitamos una gran valentía para desafiar nuestras propias creencias; porque, aunque sepamos que no las escogimos, también es cierto que las aceptamos. El acuerdo es tan fuerte, que incluso cuando sabemos que el concepto es erróneo, sentimos la culpa, el reproche y la vergüenza que aparecen cuando actuamos en contra de esas reglas.

De la misma forma que el gobierno tiene un Código de Leyes que dirige el sueño de la sociedad, nuestro sistema de creencias es el Libro de la Ley que gobierna nuestro sueño personal. Todas estas leyes existen en nuestra mente, creemos en ellas, y nuestro Juez interior lo basa todo en ellas. El Juez decreta y la Víctima sufre la culpa y el castigo. Pero ¿quién dice que este sueño sea justo? La justicia consiste en pagar sólo una vez por cada error. Lo que es injusto es pagar varias veces por el mismo error.

¿Cuántas veces pagamos por un mismo error? La respuesta es: miles de veces. El ser humano es el único animal sobre la tierra que paga miles de veces por el mismo error. Los demás animales pagan sólo una vez por cada error. Pero nosotros no. Tenemos una gran memoria. Cometemos una equivocación, nos juzgamos a nosotros mismos, nos declaramos culpables y nos castigamos. Si fuese una cuestión de justicia, con eso bastaría; no necesitamos repetirlo. Pero cada vez que lo recordamos, nos juzgamos de nuevo, volvemos a considerarnos culpables y nos volvemos a castigar, una y otra vez, y otra, y otra más. Si estamos casados, también nuestra mujer o nuestro marido nos recuerda el error, y así volvemos a juzgarnos de nuevo, nos castigamos otra vez y nos volvemos a sentir culpables. ¿Acaso es esto justo?

¿Cuántas veces hacemos que nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros padres paguen por el mismo error? Cada vez que recordamos el error, los culpamos de nuevo y les enviamos todo el veneno emocional que sentimos frente a la injusticia, hacemos que vuelvan a pagar por ello. ¿Eso es justicia? El Juez de la mente está equivocado porque el sistema de creencias, el Libro de la Ley, es erróneo. Todo el sueño se fundamenta en una ley falsa. El 95 por ciento de las creencias que hemos almacenado en nuestra mente no son más que mentiras, y si sufrimos es porque creemos en todas ellas.

En el sueño del planeta, a los seres humanos les resulta normal sufrir, vivir con miedo y crear dramas emocionales. El sueño externo no es un sueño placentero; es un sueño lleno de violencia, de miedo, de guerra, de injusticia. El sueño personal de los seres humanos varía, pero en conjunto es una pesadilla. Si observamos la sociedad humana, comprobamos que es un lugar en el que resulta muy difícil vivir, porque está gobernado por el miedo. En el mundo entero, vemos sufrimiento, cólera, venganza, adicciones, violencia en las calles y una tremenda injusticia. Esto existe en diferentes niveles en los distintos países del mundo, pero el miedo controla el sueño externo.

Si comparamos el sueño de la sociedad humana con la descripción del infierno que las distintas religiones de todo el mundo han divulgado, descubrimos que son exactamente iguales. Las religiones dicen que el infierno es un lugar de castigo, de miedo, de dolor y de sufrimiento, un lugar donde el fuego te quema. Cada vez que sentimos emociones como la cólera, los celos, la envidia o el odio, experimentamos un fuego que arde en nuestro interior. Vivimos en el sueño del infierno.

Si consideramos que el infierno es un estado de ánimo, entonces nos rodea por todas partes. Tal vez otras personas nos adviertan que si no hacemos lo que ellas dicen que deberíamos hacer, iremos al infierno. Pero ya estamos en el infierno, incluso la gente que nos dice eso. Ningún ser humano puede condenar a otro al infierno, porque ya estamos en él. Es cierto que los demás pueden llevarnos a un infierno todavía más profundo, pero únicamente si nosotros se lo permitimos.

Cada ser humano, hombre o mujer, tiene su sueño personal, que, al igual que ocurre con el sueño de la sociedad, a menudo está dirigido por el miedo. Aprendemos a soñar el infierno en nuestra propia vida, en nuestro sueño personal. El mismo miedo se manifiesta de distintas maneras en cada persona, por supuesto, pero todos sentimos cólera, celos, odio, envidia y otras emociones negativas. Nuestro sueño personal también puede convertirse en una pesadilla permanente en la que sufrimos y vivimos en un estado de miedo constante. Sin embargo, no es necesario que nuestro sueño sea una pesadilla. Podemos disfrutar de un sueño agradable.

En nuestra mente hay una bruma o neblina que los toltecas llamaron mitote. Nuestra mente cuando esta saturada de mitote se encuentra en un sueño en el que miles de personas hablan a la vez y nadie comprende a nadie. En estos momentos esta es la condición de la mayoria de las mentes humanas: un gran mitote, y así es imposible ver lo que realmente somos. En la India lo llaman maya, que significa “ilusión”. Es nuestro concepto de “Yo soy”. Todo lo que creemos sobre nosotros mismos y el mundo, todos los conceptos y programas que tenemos en la mente, todo eso es el mitote. Nos resulta imposible ver quiénes somos; nos resulta imposible ver que no somos libres.

Esta es la razón por la cual los seres humanos nos resistimos a la vida. Estar vivos es nuestro mayor miedo. No es la muerte; nuestro mayor miedo es arriesgarnos a vivir: correr el riesgo de estar vivos y de expresar lo que realmente somos. Hemos aprendido a vivir intentando satisfacer las exigencias de otras personas. Hemos aprendido a vivir según los puntos de vista de los demás por miedo a no ser aceptados y de no ser lo suficientemente buenos para otras personas.

Durante el proceso de domesticación, nos formamos una imagen mental de la perfección con el fin de tratar de ser lo suficientemente buenos. Creamos una imagen de cómo deberíamos ser para que los demás nos aceptaran. Intentamos complacer especialmente a las personas que nos aman, como papá y mamá, nuestros hermanos y hermanas mayores, los sacerdotes y los profesores. Al tratar de ser lo suficientemente buenos para ellos, creamos una imagen de perfección, pero no encajamos en ella. Creamos esa imagen, pero no es una imagen real. Bajo ese punto de vista, nunca seremos perfectos. ¡Nunca!

Como no somos perfectos, nos rechazamos a nosotros mismos. El grado de rechazo depende de lo efectivos que hayan sido los adultos para romper nuestra integridad. Tras la domesticación, ya no se trata de que seamos lo suficientemente buenos para los demás. No somos lo bastante buenos para nosotros mismos porque no encajamos en nuestra propia imagen de perfección. Nos resulta imposible perdonarnos por no ser lo que desearíamos ser, o mejor dicho, por no ser quien creemos que deberíamos ser. No podemos perdonarnos por no ser perfectos.

Sabemos que no somos lo que creemos que deberíamos ser, de modo que nos sentimos falsos, frustrados y deshonestos. Intentamos ocultarnos y fingimos ser lo que no somos. El resultado es un sentimiento de falta de autenticidad y una necesidad de utilizar máscaras sociales para evitar que los demás se den cuenta. Nos da mucho miedo que alguien descubra que no somos lo que pretendemos ser. También juzgamos a los demás según nuestra propia imagen de la perfección, y naturalmente no alcanzan nuestras expectativas.

Nos deshonramos a nosotros mismos sólo para complacer a otras personas. Incluso llegamos a dañar nuestro cuerpo para que los demás nos acepten. Vemos a adolescentes que se drogan con el único fin de no ser rechazados por otros adolescentes. No son conscientes de que el problema estriba en que no se aceptan a sí mismos. Se rechazan porque no son lo que pretenden ser. Desean ser de una manera determinada, pero no lo son, y esto hace que se sientan culpables y avergonzados. Los seres humanos nos castigamos a nosotros mismos sin cesar por no ser como creemos que deberíamos ser.

Algunas personas dicen que su marido o su mujer, su madre o su padre las maltrató, pero muchas veces uno mismo se maltrata todavía más. Nuestra manera de juzgarnos es la peor que existe. Si cometemos un error delante de los demás, intentamos negarlo y taparlo; pero tan pronto como estamos solos, el Juez se vuelve tan tenaz y el reproche es tan fuerte, que nos sentimos realmente estúpidos, inútiles o indignos.

El límite del maltrato que toleramos de otra persona es exactamente el mismo al que nos sometemos nosotros mismos. Si alguien llega a maltratarnos un poco más, lo más probable es que nos alejemos de esa persona. Sin embargo, si alguien nos maltrata un poco menos de lo que solemos maltratartarnos , seguramente continuaremos y "toleraremos" esa relación. Si uno mismo se castiga de forma exagerada, es posible que incluso lleguemos a tolerar a alguien que nos agreda físicamente, nos humille y nos trate como si fueramos basura. Necesitamos que los demás nos acepten y nos amen, pero nos resulta muy dificil aceptarnos y amarnos a nosotros mismos. Cuanta más autoestima tenemos, menos nos maltratamos.

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El preludio de un nuevo sueño

Hemos establecido millares de acuerdos con nosotros mismos, con otras personas, con el sueño que es nuestra vida, con la sociedad, con nuestros padres, con nuestra pareja, con nuestros hijos; pero los acuerdos más importantes son los que hemos con nosotros mismos. En esos acuerdos nos hemos dicho "quién soy", "qué siento", "qué creeo" y "cómo debo comportarme". El resultado es lo que llamamos nuestra personalidad.

Un solo acuerdo no sería un gran problema, pero tenemos muchos acuerdos que nos hacen sufrir, que nos hacen fracasar en la vida. Si queremos vivir con alegría y satisfacción, debemos hallar la valentía necesaria para romper esos acuerdos que se basan en el miedo y reclamar nuestro poder personal. Los acuerdos que surgen del miedo requieren un gran gasto de energía, pero los que surgen del amor nos ayudan a conservar nuestra energía e incluso a aumentarla.

Todos nacemos con una determinada cantidad de poder personal que se renueva cada día con el descanso. Desgraciadamente, gastamos todo nuestro poder personal primero en crear esos acuerdos, y después en mantenerlos. Los acuerdos a los que hemos llegado consumen nuestro poder personal, y el resultado es que nos sentimos impotentes. Sólo nos queda el poder justo para sobrevivir cada día, porque utilizamos la mayor parte de él en mantener los acuerdos que nos atrapan en el sueño del planeta. ¿Cómo podemos cambiar todo el sueño de nuestra vida cuando ni siquiera tenemos poder para cambiar hasta el acuerdo más insignificante?

Si somos capaces de reconocer que nuestra vida está gobernada por nuestros acuerdos y el sueño de nuestra vida no nos gusta, necesitamos cambiar los acuerdos. Cuando finalmente estemos dispuestos a cambiarlos, habrá cuatro acuerdos muy poderosos que nos ayudarán a romper aquellos otros que surgen del miedo y agotan nuestra energía.

Cada vez que rompemos un acuerdo, todo el poder que utilizamos para crearlo vuelve a nosotros. Si los adoptamos, estos cuatro acuerdos seran una gran herramienta para crear el poder personal necesario para que cambiemos todo nuestro antiguo sistema de acuerdos:

* Primer acuerdo: Ser impecables con nuestras palabras

Nuestra intención se pone de manifiesto a través de las palabras. Lo que soñamos, lo que sentimos y lo que realmente somos, lo mostramos por medio de las palabras. Las palabras son la herramienta más poderosa que tiene como ser humano, el instrumento de la magia. Pero son como una espada de doble filo: Pueden crear el sueño más bello o destruir todo lo que te rodea. Uno de los filos es el uso erróneo de las palabras, que crean un infierno en vida. El otro es la impecabilidad de las palabras, qué sólo engendrará belleza, amor... Según cómo las utilicemos, las palabras nos liberarán o nos esclavizarán.

Hace años, en Alemania, mediante el uso de las palabras, un hombre manipuló a un país entero de gente muy inteligente. Los llevó a una guerra mundial sólo con el poder de sus palabras. Convenció a otros para que cometieran los más atroces actos de violencia. Activó el miedo de la gente y, de pronto, como una gran explosión, empezaron las matanzas y el mundo estalló en guerra. Plantamos una semilla, un pensamiento, y éste crece. Las palabras son como semillas ¡y la mente humana es muy fértil! Fíjate en el ejemplo de Hitler: Sembró todas aquellas semillas de miedo, que crecieron muy fuertes y consiguieron una extraordinaria destrucción masiva.

Las palabras captan nuestra atención, entran en nuestra mente y cambian, para bien o para mal, nuestras creencias. Ser impecables con nuestras palabras es no utilizarlas contra los demás. Ser impecables con nuestras palabras significa utilizar tu energía correctamente, en la dirección de la verdad y el amor por uno mismo y las demas personas. Si llegamos a un acuerdo con nosotros mismos para ser impecables con nuestras palabras, eso bastará para que la verdad se manifieste a través de nosotros y limpie todo el veneno emocional que pudiera haber en nuestro interior. Hemos aprendido a hacer de la mentira un hábito al comunicarnos con los demás y, aún más importante, al hablar con nosotros mismos no somos impecables con nuestras palabras.

Muchas veces usamos las palabras para maldecir, para culpar, para reprochar, para destruir. En general, utilizamos las palabras para propagar nuestro veneno personal: para expresar rabia, celos, envidia y odio.

Si somos impecables con nuestras palabras muchos cambios ocurrirán en nuestras vidas. En primer lugar, cambios en la manera que nos tratamos nosotros mismos y en nuestra forma de tratar a otras personas. Cada quien decide si llegas o no a establecer un acuerdo consigo mismo: soy impecable con mis palabras. Utilicemos las palabras para romper todos esos acuerdos que nos hacen sufrir.


* Segundo acuerdo: No tomarnos nada personalmente

Suceda lo que suceda a nuestro alrededor, no lo tomemos personalmente. Utilizando un ejemplo: si vas caminando por la calle y alguien te dice: “¡Eh, eres un estúpido!”, sin conocerte, no se referirá a ti, sino a sí mismo. Si te lo tomas personalmente, tal vez te creas que eres un estúpido. Quizá te digas a ti mismo: “¿Cómo lo sabe? ¿Acaso es clarividente o es que todos pueden ver lo estúpido que soy?”. Nos lo tomamos personalmente porque estámos de acuerdo con cualquier cosa que nos digan. Y tan pronto como estámos de acuerdo, el veneno nos recorre y nos encontramos atrapados en el sueño del infierno. El motivo de que estémos atrapados es lo que llamamos “la importancia personal”. La importancia personal, o el tomarse las cosas personalmente, es la expresión máxima del egoísmo, porque consideramos que todo gira a nuestro alrededor. Durante el periodo de nuestra educación (o de nuestra domesticación), aprendimos a tomarnos todas las cosas de forma personal. Creemos que somos responsables de todo. ¡Yo, yo, yo y siempre yo!. Nada de lo que los demás hacen es por nosotros. Lo hacen por ellos mismos. Todos vivimos en nuestro propio "sueño", en nuestra propia mente; los demás están en un mundo completamente distinto de aquel en que vive cada uno de nosotros.

Cuando acostumbramos no tomarnos nada personalmente, no necesitaremos depositar nuestra confianza en lo que hagan o digan los demás. Basta con confiar en uno mismo para elegir con responsabilidad. Cuando comprendemos esto y nos negamos a tomarnos las cosas personalmente, es muy difícil que los comentarios insensibles o los actos negligentes de los demás nos hieran. Si mantenemos este acuerdo, viajaremos por todo el mundo con el corazón abierto por completo y nadie nos herirá. Diremos: “Te amo”, sin miedo a que nos rechacen o ridiculicen. Pediremos lo que necesitamos. Diremos sí o no, lo que decidamos sin culparnos ni juzgarnos.


* Tercer acuerdo: No hacer suposiciones.

Tendemos a hacer suposiciones sobre todo, al hacerlo, creemos que lo que suponemos es cierto. Juraríamos que es real. Hacemos suposiciones sobre lo que los demás hacen o piensan -nos lo tomamos personalmente, y después, los culpamos y reaccionamos enviando veneno emocional con nuestras palabras.

Si no entendemos algo, en lugar de hacer suposiciones es mejor que preguntemos y que seamos claros. El día que dejemos de hacer suposiciones, nos comunicaremos con habilidad y claridad, libre de veneno emocional. Cuando ya no hacemos suposiciones nuestras palabras se vuelven impecables.

Con una comunicación clara todas nuestras relaciones cambiarán, no sólo las que tenemos cada quien con nuestra pareja, sino también con todos los demás. No será necesario que hagamos suposiciones porque todo se volverá muy claro.


* Cuarto acuerdo: Hacer siempre lo máximo posible

Los tres primeros acuerdos sólo funcionarán si hacemos lo máximo que podemos. Al comienzo no esperemos ser siempre impecable con nuestras palabras. Nuestros hábitos rutinarios son demasiado fuertes y están firmemente arraigados en la mente. Pero podemos hacer lo máximo posible. No esperemos no volver nunca más a tomarnos las cosas personalmente; sólo hagamos lo máximo que podamos. No esperemos no hacer nunca más ninguna suposición, pero sí podemos hacer lo máximo posible. Si hacemos lo máximo posible, hábitos como emplear mal las palabras, tomarnos las cosas personalmente y hacer suposiciones se debilitarán y con el tiempo, serán menos frecuentes. No es necesario que nos juzguemos a nosotros mismo, que nos sintamos culpables o que nos castiguemos por no ser capaces de mantener estos acuerdos. Cuando hacemos lo máximo que podemos, nos sentimos bien con nosotros mismos aunque todavía hagamos suposiciones, aunque todavía nos tomemos las cosas personalmente y aunque todavía no seamos impecable con nuestras palabras. Si siempre hacemos lo máximo que podamos, una y otra vez, nos convertiremos en maestros de la transformación. La práctica forma al maestro. Todo lo que sabemos lo hemos aprendido mediante la repetición. Aprendimos así a escribir, a conducir e incluso a andar. Somos maestros hablando nuestra lengua porque la hemos practicado. Todos cometemos errores, actuando haciendo lo máximo posible por no cometer el mismo error es lo que nos hace convertirnos en maestros.

Decirlo es fácil, pero hacerlo es difícil. Lo es porque, muy a menudo, hacemos exactamente lo contrario. Tenemos todos esos hábitos y rutinas de los que ni tan siquiera somos conscientes. Tomar conciencia de esos hábitos y comprender la importancia de este acuerdo es el primer paso, pero no es suficiente. La idea o la información es sólo una semilla en la mente. Lo que realmente hará que las cosas cambien es la acción. Actuar una y otra vez fortalece nuestra voluntad, nutre la semilla y establece una base sólida para que el nuevo hábito se desarrolle. Tras muchas repeticiones, estos nuevos acuerdos se convertirán en parte de nosotros mismos. Si hacemos un hábito de este acuerdo, transformaremos completamente nuestra vida. Cuando transformamos todo nuestro sueño, la "magia o sincronía" aparece en nuestra vida. Lo que necesitamos nos llega con gran facilidad porque el espíritu se mueve libremente en nosotros. Esta es la maestría del intento, del espíritu, del amor, de la gratitud y de la vida. Este es el objetivo del tolteca. Este es el camino hacia la libertad personal ...

Pre-ocuparse y estresarse hace todo mas dificil, hay que ocuparnos haciendo lo máximo posible, fluyendo alegres y en paz dejando lo demas en manos de Dios.

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El camino Tolteca hacia la libertad

Ser tolteca es una forma de vivir en la cual no existen los líderes ni los seguidores, donde cada quien se vuelve sabio, se vuelve salvaje(no domesticado) y se vuelve libre de nuevo.

Existen tres maestrías que llevan a la gente a convertirse en toltecas. La primera es la Maestría de la Conciencia: ser conscientes de quiénes somos realmente, con todas nuestras posibilidades. La segunda es la Maestría de la Transformación: cómo cambiar, cómo liberarnos de la domesticación. La tercera es la Maestría del Intento: desde el punto de vista tolteca, el Intento es esa parte de la vida que hace que la transformación de la energía sea posible; es el ser viviente que envuelve toda energía, o lo que llamamos “Dios”. Es la vida misma; es el amor incondicional. La maestría del intento es, por lo tanto, la maestría del Amor.

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El cielo en la tierra

Olvidemos todo lo que hemos aprendido en nuestra vida. Este es el principio de un nuevo entendimiento, de un nuevo sueño.

El sueño que vivimos lo hemos creado nosotros. Podemos cambiar nuestra percepción de la realidad en cualquier momento. Tenemos el poder de crear el infierno y el de crear el cielo. ¿Por qué no soñar un sueño distinto? ¿Por qué no utilizar nuestra mente, nuestra imaginación y nuestras emociones para soñar el cielo?

Sólo con utilizar nuestra imaginación podremos comprobar que suceden cosas increíbles. Imagínemos que tenemos la capacidad de ver el mundo con otros ojos siempre que queramos. Cada vez que abrimos los ojos, vemos el mundo que nos rodea de una manera diferente.

Ahora, cerremos los ojos, y luego volvamos a abrirlos y miremos.

Lo que veremos es amor que emana del cielo, de la tierra, de la luz, de la oscuridad. Percibiremos el amor que emana directamente de toda la naturaleza, de nosotros mismos y de otros seres humanos. Aun cuando estén tristes o enfadados, veremos que por detrás de sus sentimientos, la esencia es el amor.

Imagínemos que vivimos sin miedo a ser juzgados por los demás. Ya no nos dejaremos llevar por lo que otras personas puedan pensar de nosotros. Ya no somos responsables de la opinión de nadie. No sentimos la necesidad de controlar a nadie y nadie nos controla a nosotros.

Imagínemos que vivimos sin juzgar a los demás, que los perdonamos con facilidad y nos desprendemos de todos los juicios que soliamos hacer. Imagínemos que vivimos sin el miedo de amar y no ser correspondidos. Ya no tememos que nos rechacen y no sentimos necesidad de que nos acepten. Podemos decir: “Te amo”, sin sentir vergüenza y sin justificarnos. Podemos andar por el mundo con el corazón completamente abierto y sin el temor de que nos puedan herir.

Sólo el amor tiene la capacidad de proporcionarnos el cielo en la tierra. Es como estar enamorado. Percibes amor vayas donde vayamos. Es del todo posible vivir de este modo permanentemente.

Una vez sintamos lo que significa vivir en estado de dicha, lo adoraremos. Sabremos que el cielo en la tierra realmente existe. Una vez sepamos que es posible permanecer en él, hacer el esfuerzo para conseguirlo sólo dependerá de cada quien. Hace dos mil años, Jesús nos habló del reino de los cielos, del reino del amor, pero no había casi nadie preparado para oírlo. Dijeron: “¿A qué te refieres? Mi corazón está vacío, no siento el amor del que hablas, no siento la paz que tú tienes”. Eso no es necesario. Sólo imagínate que su mensaje de amor es posible y descubrirás que es tuyo.

El mundo es precioso, es maravilloso. La vida resulta muy fácil cuando hacemos del amor nuestra forma de vida. Es posible amar todo el tiempo si uno elige hacerlo. Quizá no tengamos una razón para amar, pero si lo hacemos, veremos que proporciona gran felicidad. El amor en acción sólo genera felicidad. El amor nos traerá paz interior. Cambiará nuestra percepción de todas las cosas.

Podemos verlo todo con los ojos del amor. Podemos ser conscientes de que el amor nos rodea por todas partes. Cuando vivimos de esta manera, la bruma de nuestra mente se disipa. El mitote desaparece para siempre. Esto es lo que los seres humanos hemos buscado durante siglos. Durante miles de años hemos buscado la felicidad, que es el paraíso perdido. Los seres humanos nos hemos esforzado mucho por alcanzarla, y esto forma parte de la evolución de la mente. Este es el futuro de la humanidad.

Esta forma de vida es posible y está en nuestras manos. Moisés la llamó la Tierra Prometida, Buda la llamó el Nirvana, Jesús la llamó el Cielo y los toltecas la llaman el Nuevo Sueño.

Sufrir hace que nos sintas seguro porque es algo que conoces a la perfección.

Pero, en realidad, no hay razón para sufrir. La única razón por la que sufres es porque eliges hacerlo. Si examinas tu vida, descubrirás muchas excusas para sufrir, pero no encontrarás una buena razón para hacerlo. Lo mismo ocurre con la felicidad. La única razón por la que eres feliz es porque eliges serlo. La felicidad, igual que el sufrimiento, es una elección.

Tal vez no podamos escapar del destino del ser humano, pero podemos elegir entre sufrir nuestro destino o disfrutar de él, entre sufrir o amar y ser feliz, entre vivir en el infierno o vivir en el cielo. Mi elección personal es vivir en el cielo. ¿Y la tuya?

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La maestría del amor


La cocina mágica


Imagina que tienes en tu casa una cocina mágica, que te proporciona la cantidad que desees de cualquier comida del mundo. Nunca te preocupas de lo que vas a comer, ya que puedes servir en la mesa cualquier cosa. Y como eres generoso, les ofreces a todos comida sin esperar nada a cambio. Alimentas a quienquiera que venga a verte por el mero placer de compartir lo que tienes, y tu casa siempre está llena de gente que se acerca para degustar la comida de tu cocina mágica. Entonces, un día alguien llama a tu puerta, abres y te encuentras a una persona con una pizza en las manos, te mira y te dice: «Oye, ¿ves esta pizza? Te la doy si me permites controlar tu vida, sólo tienes que hacer lo que yo quiera. Y nunca te morirás de hambre porque yo te traeré una pizza cada día. Lo único que tienes que hacer es ser bueno conmigo». ¿Te imaginas tu reacción? Sólo con pedírselo a tu cocina obtendrás la misma pizza o incluso mejor, y esa persona te está ofreciendo comida a cambio de que hagas lo que ella quiera. Lógicamente te echarás a reír y le dirás: «¡No, gracias! No necesito tu comida; tengo toda la que quiero. Entra y te daré de comer sin pedirte nada a cambio, pero no voy a hacer lo que me pides. No me voy a dejar manipular a cambio de una pizza». Ahora imagínate exactamente lo contrario. Llevas varias semanas sin probar bocado. Estás muerto de hambre y no tienes dinero para comprar comida. Entonces llega esa persona con la pizza y te dice: «Oye, aquí hay comida. Te la puedes comer si haces sencillamente lo que yo quiero». Hueles el aroma que desprende y estás hambriento. Decides aceptar y hacer cualquier cosa que esa persona te pida. Tras hincarle el diente, la persona te dice: «Si quieres más te daré más, pero tendrás que seguir haciendo lo que yo quiera».

Hoy has comido, pero mañana quizá no tengas qué llevarte a la boca, de modo que accedes a hacer todo lo que puedas para conseguir la comida. Y estás decidido a convertirte en un esclavo a cambio de la pizza, porque la necesitas y no la tienes. No obstante, pasado algún tiempo, empiezas a tener tus dudas. Dices: «¿Qué voy a hacer si no me trae la pizza? No seré capaz de vivir sin ella. ¿Y si mi pareja decide darle mí pizza a otra persona?». Ahora imagínate que en lugar de comida hablamos de amor. El amor que hay en tu corazón es abundante. Tienes amor no sólo para ti, sino para el mundo entero. Amas tanto que no necesitas el amor de nadie.

Compartes el amor sin condiciones; no te gusta el «si». Eres millonario en amor y si alguien llama a tu puerta para decirte: «Oye, aquí tengo amor para ti, te lo daré si haces lo que yo quiera», ¿cuál será tu reacción? Te reirás y dirás: «Gracias, pero no necesito tu amor. Tengo ese mismo amor aquí, en mi corazón, sólo que mejor y más grande, y comparto mi amor sin condiciones». Pero, qué ocurrirá si estás hambriento de amor, si no tienes ese amor en tu corazón y alguien viene y te dice: «¿Quieres un poco de amor? Te lo ofrezco a cambio de que hagas lo que yo te pida». De ser así, una vez lo hayas probado, harás todo lo posible por conservarlo. Es posible que te sientas tan necesitado que hasta vendas tu alma para conseguir sólo un poco de atención. Tu corazón es como esa cocina mágica. Basta con abrirlo para que obtengas todo el amor que quieras.

No hay ninguna necesidad de dar vueltas por el mundo suplicando amor: «Por favor, que alguien me ame. Estoy tan solo, no soy lo suficientemente bueno para ser amado; necesito a alguien que me ame, que me demuestre que soy digno de ser amado». Sin embargo el amor está aquí mismo, en nuestro interior, pero no lo vemos. ¿Ves cuánta desdicha crean los seres humanos cuando piensan que no tienen amor? Están hambrientos de amor y cuando prueban una pequeña cantidad del que alguien les ofrece, sienten una gran necesidad. Se convierten en personas necesitadas y obsesionadas con ese amor. Entonces llega la gran tragedia: «¿Qué voy a hacer si él me deja?». «¿Cómo podría vivir sin ella?» Son incapaces de vivir sin el suministrador, la persona que les proporciona las dosis diarias. Y como están hambrientos, por esa pequeña cantidad de amor permiten que otra gente controle sus vidas. Permiten que otra persona les diga lo que tienen que hacer, lo que no deben hacer, cómo vestirse, cómo no vestirse, cómo comportarse, cómo no comportarse, qué creer y qué no creer. «Te amo si te comportas de esta manera, si me permites controlar tu vida, sólo si eres bueno conmigo. De otro modo, olvídate.»; Muchos seres humanos desconocen que todos poseemos una cocina mágica en nuestro corazón.

Si buscamos una pareja no lo hacemos para entregarle toda nuestra basura a la persona que afirmamos amar, para descargar todos nuestros celos, todo nuestro enfado, todo nuestro egoísmo sobre ella. ¿Cómo puede alguien decirte «te amo» y después maltratarte, abusar de ti, humillarte y faltarte al respeto? Quizás asegure que te ama, pero ¿se trata realmente de amor? Quien ama quiere lo mejor para las personas que ama. ¿Por qué arrojar toda nuestra basura sobre nuestros hijos? ¿Que estemos llenos de miedo y de veneno emocional es razón suficiente para que los maltratemos? ¿Por qué culpar a nuestros padres de nuestra propia basura? La gente aprende a volverse egoísta y a cerrar herméticamente su corazón. Está hambrienta de amor y no sabe que el corazón es una cocina mágica. Tu corazón es una cocina mágica. Ábrelo. Abre tu cocina mágica y niégate a andar dando tumbos por el mundo suplicando que te den amor. En tu corazón se encuentra todo el amor que necesitas. Tu corazón es capaz de crear amor, no sólo para ti mismo, sino para el mundo entero. Puedes entregar tu amor sin condiciones; ser generoso con él, porque tienes una cocina mágica en tu corazón.

Si somos generosos con nuestro amor nunca estaremos solos. Si somos egoístas siempre estaremos solos y no podremos culpar a nadie, salvo a nosotros mismos. La generosidad nos abrirá todas las puertas, pero no el egoísmo. El egoísmo proviene de la pobreza de corazón y de la creencia de que el amor no es abundante. Nos volvemos egoístas cuando pensamos que quizá mañana no obtendremos ni un solo trozo de pizza. Sin embargo, cuando sabemos que nuestro corazón es una cocina mágica nos mostramos siempre generosos y nuestro amor se vuelve completo e incondicional.


El camino del amor, el camino del miedo

Describiré determinadas características sobre el amor y sobre el miedo que yo denomino el «camino del amor» y el «camino del miedo». Estos dos caminos son meros puntos de referencia para entender de qué modo vivimos nuestra vida. El propósito de estas divisiones es facilitarle a la mente lógica la comprensión para que, de este modo, intente obtener algún control sobre las elecciones que hacemos. Veamos algunas de las características del amor y del miedo.

En el amor no existen obligaciones. El miedo está lleno de obligaciones. En el camino del miedo, la razón de cualquier cosa que hagamos es que «tenemos» que hacerla y esperamos que otras personas hagan algo porque «tienen» que hacerlo. Tenemos una obligación y tan pronto como «tenemos» que hacer algo, nos resistimos a hacerlo. Cuanta más resistencia opongamos, más sufriremos. Más tarde o más temprano intentamos escaparnos de nuestras obligaciones. Por otra parte, el amor no tiene resistencias. Todo lo que hacemos es porque queremos hacerlo. Se convierte en un placer; es como un juego y nos divertimos con él.

El amor no tiene expectativas. El miedo está lleno de expectativas. Cuando tenemos miedo, hacemos cosas porque suponemos que tenemos que hacerlas y esperamos que los demás hagan lo mismo. Esa es la razón por la que el miedo provoca dolor y el amor no. Esperamos algo, y si no tiene lugar, nos sentimos heridos: no es justo. Culpamos a los demás por no satisfacer nuestras expectativas. Cuando amamos no tenemos expectativas; cuando hacemos algo es porque queremos y si los demás lo hacen o no, es porque quieren o no quieren hacerlo y no nos lo tomamos como algo personal. Cuando no esperamos que suceda nada, y no sucede nada, no nos llama la atención. No nos sentimos heridos porque, suceda lo que suceda, está bien. Esta es la razón por la que, cuando estamos enamorados, las cosas apenas nos duelen; no esperamos nada de nuestro amante y no tenemos obligaciones.

El amor se basa en el respeto. El miedo no respeta nada, ni tan siquiera se respeta a sí mismo. Desde el momento que yo siento lástima por ti, dejo de respetarte, porque creo que no eres capaz de hacer tus propias elecciones. Y cuando empiezo a hacer las elecciones por ti, te pierdo el respeto del todo. Entonces, como no te respeto, intento controlarte. Para poner un ejemplo, podríamos decir que la mayoría de las veces en las que les decimos a nuestros hijos cómo deben vivir su vida, es porque no los respetamos. Sentimos lástima de ellos e intentamos hacer lo que deberían hacer por sí mismos. Por otro lado, cuando yo no me respeto a mí mismo, siento lástima de mí mismo, pienso que no soy lo bastante bueno para desenvolverme en este mundo. Pero ¿cómo puedes saber una cosa así si no te respetas a ti mismo, si no dejas de decirte: «Pobre de mí, no soy lo suficientemente fuerte, no soy lo suficientemente inteligente, no soy lo suficientemente guapo, no puedo hacerlo»? La autocompasión proviene de la falta de respeto.

El amor no tiene piedad; no siente lástima por nadie, pero tiene compasión. El miedo está lleno de pena, siente lástima por todos. Tú sientes lástima por mí cuando no me respetas, cuando piensas que no soy lo bastante fuerte para desenvolverme por mí mismo. Por el contrario, el amor respeta. Te amo, sé que puedes hacerlo. Sé que eres lo suficientemente fuerte, lo suficientemente inteligente, y estás lo suficientemente capacitado para hacer tus propias elecciones. Yo no tengo que hacerlo por ti. Tú puedes conseguirlo. Si te caes, te tenderé la mano, te ayudaré a levantarte. Te diré: «Puedes hacerlo, adelante». Eso es compasión, pero tener compasión no es lo mismo que sentir lástima. La compasión proviene del respeto y del amor; el sentimiento de lástima proviene de la falta de respeto y del miedo.

El amor es totalmente responsable. El miedo evita la responsabilidad, aunque esto no significa que no sea responsable. El intento de evitar la responsabilidad es uno de los errores más grandes que cometemos, porque cada acción tiene una consecuencia. Todo lo que pensamos, todo lo que hacemos, tiene una consecuencia. Si hacemos una elección, obtenemos un resultado o una reacción. Si no la hacemos, también obtenemos un resultado o una reacción. De un modo u otro, siempre experimentamos las consecuencias de nuestras acciones. Esta es la razón por la cual todo ser humano es totalmente responsable de sus actos, aunque no quiera serlo, ya que aun cuando otras personas intenten pagar por sus errores, al final acaba pagando por ellos, y en esas ocasiones, el doble. Cuando otras personas intentan hacerse responsables de ti sólo consiguen aumentar el drama.

El amor es siempre amable. El miedo es siempre rudo. Con el miedo nos llenamos de obligaciones, de expectativas, perdemos el respeto, evitamos la responsabilidad y sentimos lástima. ¿Cómo podemos sentirnos bien cuando el miedo nos hace sufrir tanto? Nos sentimos víctimas por todo, enfadados o tristes, celosos o traicionados.

El enfado no es otra cosa que el miedo cubierto con una máscara. La tristeza también es el miedo cubierto con una máscara. Y los celos son miedo cubierto con una máscara. Y con todas esas emociones que provienen del miedo, y que nos causan sufrimiento, únicamente somos capaces de fingir la amabilidad. No somos amables porque no nos sentimos bien, y tampoco somos felices. Si estamos en el camino del amor, no tenemos obligaciones, no tenemos expectativas. No sentimos lástima de nosotros mismos ni de nuestra pareja. Nos sentimos bien con nosotros mismos, y como somos felices, somos amable. El amor siempre es amable y esa amabilidad nos convierte en una persona generosa y nos abre todas las puertas. El amor es generoso. El miedo es egoísta; sólo se ocupa de uno mismo. El egoísmo cierra todas las puertas.

El amor es incondicional. El miedo está lleno de condiciones. En el camino del miedo, te amo si permites que te controle, si eres bueno conmigo, si te ajustas a la imagen que he creado de ti. Construyo una imagen de cómo deberías ser, y dado que no eres y nunca serás como esa imagen, té juzgo por esa razón y te declaro culpable. En muchas ocasiones, incluso llego a sentirme avergonzado de ti porque no eres lo que yo quiero que seas. Si no te ajustas a la imagen que yo he creado, me avergüenzas, me enfureces, no tengo la menor paciencia contigo. Sólo finjo ser amable. En el camino del amor no hay ningún «si»; no hay condiciones. Te amo sin que hayan razones ni justificaciones de por medio. Te amo tal como eres y eres libre de ser tú mismo. Si no me gusta tu forma de ser, entonces será mejor que busque a alguien que sea como a mí me guste. No tenemos el derecho de cambiar a nadie y nadie tiene el derecho de cambiarnos a nosotros. Si cambiamos será porque nosotros queremos cambiar, porque no queremos seguir sufriendo.

La mayoría de la gente vive su vida entera en el camino del miedo. Aguanta una relación porque siente que tiene que hacerlo. Mantiene una relación con todas esas expectativas respecto a su pareja y respecto a sí misma. Y el origen de todo ese drama y ese sufrimiento está en que utilizamos los canales de comunicación que ya existían antes de nuestro nacimiento. La gente juzga y se convierte en víctima, explica chismes de los demás, critica con sus amigos en el bar. Consigue que los miembros de una familia se odien los unos a los otros. Acumula veneno emocional y lo esparce entre sus hijos. «Mira lo que me hizo tu padre. No seas como él. Todos los hombres son iguales; todas las mujeres son iguales.» Esto es lo que hacemos con las personas a las que tanto queremos: con nuestros propios hijos, con nuestros amigos, con nuestras parejas.

En el camino del miedo tenemos tantas condiciones, expectativas y obligaciones que inventamos muchas reglas a fin de protegernos contra el dolor emocional, cuando, lo cierto es que no debería existir ninguna regla. Estas reglas perjudican la calidad de los canales de comunicación entre nosotros, porque, cuando tenemos miedo, mentimos. Si tu expectativa es que tengo que ser de una manera determinada, entonces yo me siento obligado a ser de ese modo, aunque en realidad no soy lo que tú quieres que sea. Entonces, el día que soy sincero y me muestro tal como soy, te sientes herido, te enfadas, así que te miento porque temo tu juicio. Tengo miedo de que vayas a censurarme, a declararme culpable y a castigarme. Y después, cada vez que te acuerdas de ese error, me castigas sin cesar por él.

En el camino del amor existe la justicia. Si cometemos un error solamente pagamos una vez por él, y si realmente nos amamos a nosotros mismos, aprendemos de ese error. En el camino del miedo no existe la justicia. Nos obligamos a pagar miles de veces por el mismo error. Hacemos que nuestra pareja o nuestros amig@s paguen mil veces por el mismo error, lo que provoca un gran sentimiento de injusticia y abre muchas heridas emocionales. Los seres humanos hacemos dramas de todo, incluso de las cosas sencillas y pequeñas.

En toda relación hay dos mitades. Tú eres una mitad y la otra mitad es tu hijo, tu hija, tu padre, tu madre, tus amigos, tu pareja. De esas mitades, eres responsable sólo de tu parte; no eres responsable de la otra mitad. No importa cuán próximo te sientas o cuánta fuerza creas que tiene tu amor, bajo ningún concepto puedes ser responsable de lo que otra persona tiene en su cabeza. No te es posible saber lo que siente esa persona ni lo que cree ni conocer todas las suposiciones que hace. No sabes nada de ella. Esa es la verdad, pero ¿qué hacemos? Intentamos hacernos responsables de la otra mitad y esa es la razón por la que las relaciones del infierno se basan en el miedo, la desdicha y la guerra sobre el control.

Si tomamos parte en una guerra sobre el control es porque no tenemos respeto. La verdad es que no amamos. Se trata de egoísmo, no de amor; el único propósito es el de recibir las pequeñas dosis que nos hacen sentir bien. Cuando no tenemos respeto, iniciamos una guerra de control porque cada persona se siente responsable de la otra. Tengo que controlarte porque no te respeto. Tengo que hacerme responsable de ti porque cualquier cosa que te suceda a ti va a herirme a mí y yo quiero evitar el dolor. Entonces, si veo que no estás siendo responsable, te machacaré incesantemente para intentar que seas responsable, pero «responsable» desde mi punto de vista. Y eso no significa que yo tenga razón.

Esto es lo que ocurre cuando tomamos el camino del miedo. Como no te respeto, actúo como si tú no fueses lo suficientemente capaz o lo suficientemente inteligente para ver lo que es bueno o malo para ti. Doy por hecho que no eres lo bastante fuerte para desenvolverte en determinadas situaciones y cuidar de ti mismo. Tomo el control y te digo: «Déjame que lo haga por ti» o «No hagas eso». Intento suprimir tu mitad de la relación y controlarla por entero. Pero, si tomo el control de toda nuestra relación ¿dónde queda tu parte? No funciona.

Con la otra mitad podemos compartir, disfrutar, crear juntos el sueño más maravilloso. Pero ella seguirá teniendo siempre su propia voluntad, su propio sueño, un sueño que jamás podremos controlar por mucho empeño que pongamos en ello. Entonces, ante una situación así sólo podemos hacer dos cosas: bien crear un conflicto e iniciar una guerra de control o bien convertirnos en compañeros de juego y formar un equipo. Los compañeros de juego juegan junto a los jugadores del equipo, pero no contra ellos.

Si juegas a tenis, formarás un equipo con tu pareja y nunca iréis en contra el uno del otro: nunca. Aunque los dos juguéis al tenis de distinta manera, tenéis el mismo objetivo: compartir la diversión, jugar juntos, ser compañeros de juego. Ahora bien, si tu pareja quiere controlar el juego y te dice: «No, no juegues así; juega de esta otra manera. No, lo estás haciendo mal», no te divertirás en absoluto y con el tiempo, no querrás jugar más con ella. En este caso, en lugar de formar un equipo, lo que quiere tu pareja es controlar la forma que tienes de jugar. Y, sin el concepto de equipo, siempre tendrás un conflicto. Por lo tanto, si contemplas tu asociación, tu relación romántica, como un equipo, todo empezará a mejorar. En una relación, igual que en un juego, no se trata de ganar o de perder. Juegas porque quieres divertirte.

En el camino del amor, se da más que se toma, y por supuesto, como nos amamos a nosotros mismos no permitimos que la gente se aproveche de nosotros. No buscamos la venganza, pero nos comunicamos con claridad. Decimos: «No me gusta cuando intentas aprovecharte de mí, cuando me faltas al respeto, cuando eres rud@ conmigo. No necesito que nadie me maltrate ni verbal ni emocional ni físicamente. No necesito oír tus imprecaciones constantemente. No es porque yo sea mejor que tú, es porque amo la paz, amo la risa, amo la diversión, amo el amor. No es que yo sea egoísta, es sólo que no siento la necesidad de tener a una gran víctima por compañía. No significa que no te ame, pero no puedo responsabilizarme de tu sueño». Esto no es egoísmo; esto es amor hacia uno mismo. El egoísmo, el control y el miedo romperán casi cualquier relación. La generosidad, la libertad y el amor crearán la relación más bella: una continua aventura romántica.

La calidad de nuestra comunicación depende de las elecciones que hacemos en cada momento, según ajustes nuestro cuerpo emocional al amor o al miedo. Si nos sorprendemos a nosotros mismos en el camino del miedo, bastará con tener esa conciencia para cambiar el rumbo de nuestra atención y adentrarnos en el camino del amor. Bastará con ver dónde estamos, con cambiar la trayectoria de nuestra atención, y entonces, todo lo que nos rodea también cambiará.

Finalmente, si somos conscientes de que nadie más puede hacernos felices y de que la felicidad es el resultado del amor que emana de uno mismo, experimentaremos la gran maestría de los toltecas, la maestría del amor.

Podemos hablar del amor y escribir mil libros sobre él, pero el amor será completamente diferente para cada uno de nosotros, porque tenemos qué experimentarlo. El amor no es un concepto; el amor son las acciones. El amor en acción únicamente genera felicidad. El miedo en acción sólo genera sufrimiento.

El único camino posible para ser maestro en el amor es practicarlo. No necesitamos justificar nuestro amor, no necesitamos explicar nuestro amor; sólo necesitamos practicarlo. La práctica hace al maestro.

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Dios adentro

Tenemos que distinguir entre conocimiento y sabiduría, porque no son la misma cosa. El conocimiento lo utilizamos sobre todo para comunicarnos con los demás y ponernos de acuerdo en lo que percibimos. El conocimiento es la única herramienta que los seres humanos tenemos para comunicarnos, ya que difícilmente nos comunicamos de corazón a corazón. Por lo tanto, lo importante es la manera que tenemos de utilizar ese conocimiento, ya que puede hacer que nos convirtamos en su esclavo y dejemos de ser libres. La sabiduría no tiene nada que ver con el conocimiento; tiene que ver con la verdad y la libertad. Cuando somos sabios, somos libres de utilizar nuestra propia mente y de dirigir nuestra propia vida. Una mente sana goza de la misma libertad que tenía antes de la domesticación. Cuando sanamos nuestra mente, cuando nos liberamos del sueño, ya no somos inocentes, sino sabios. En muchos aspectos volvemos a ser de nuevo como un niño, salvo por un detalle que cambia mucho las cosas: un niño es inocente y por eso puede hundirse en el sufrimiento y la infelicidad. Quien trasciende el sueño es sabio; esa es la razón por la que no vuelve a hundirse más: porque ahora sabe y cuenta con el conocimiento del sueño. Sabiduría deriva de saborear, la palabra no era relacionada en sus orígenes con la posesión de conocimientos, sino que significaba simplemente saborear, gustar y gozar de la verdad.

No es necesario acumular conocimiento para convertirse en sabio; cualquier persona puede conseguirlo. Cuando nos hacemos sabios, la vida se convierte en algo fácil, porque nos transformamos en quien realmente somos. Es difícil intentar convertirse en lo que uno no es, intentar convencerse a uno mismo y a todos los demás de que se es lo que no se es. Cuando intentamos ser lo que no somos realmente desperdiciamos todas nuestras energías.

Cuando nos convertimos en sabios, respetamos nuestro cuerpo, respetamos nuestra mente, respetamos nuestro espiritu. Cuando ya no tenemos heridas emocionales experimentamos la libertad, dondequiera que vayamos todo nos hará felices por el mero hecho de estar vivos. ¿Por qué? Pues porque no tenemos miedo de expresar el amor, no tenemos miedo de estar vivos y no tenemos miedo de amar.

En las escuelas místicas de todo el mundo, a este proceso lo denominan el despertar. Es despertarnos y ya no tener heridas emocionales. Cuando ya no tenemos esas heridas en el cuerpo emocional, las limitaciones desaparecen y empezamos a ver todas las cosas tal como son y no según nuestro sistema de creencias. Desde el momento en que abrimos los ojos sin esas heridas, nos convertimos en escépticos: no aumentamos nuestra importancia personal diciéndole a todo el mundo lo inteligente que somos o burlándonos de otras personas que creen en todas esas mentiras. No, en el momento en que nos despertamos, nos conviertimos en escépticos porque vemos claramente que el sueño no es verdad. Abrimos los ojos, estámos despiertos y todo te resulta obvio.

Cuando nos despertamos, cruzamos una línea que no tiene retorno y nunca más volvemos a ver el mundo de la misma manera. Todavía estámos soñando -no se puede evitar el sueño porque soñar es una función de la mente, pero la diferencia estriba en que sabemos que se trata de un sueño. Y una vez que lo sabemos, podemos disfrutarlo o sufrirlo. Eso depende de cada quien. El despertar es como hallarse en medio de una fiesta en la que hay miles de personas y todas están borrachas excepto nosotros. Somos los unicos que se mantiene sobrios. Pues bien, eso es el despertar, ya que la mayoría de los seres humanos ven el mundo a través de sus heridas emocionales, a través de su veneno emocional. No son conscientes de que están viviendo en el sueño del infierno, no son conscientes de que están viviendo en un sueño. Cuando despertamos y descubrimos que somos las unicas personas sobrias en una fiesta en la que todos los demás están embriagados, sentimos compasión por ellos porque antes nosotros estabamos en sus mismas circunstancias. No juzguemos, ni tan siquiera a la gente que está en el infierno, porque también estuvimos en él.

Al despertar, nuestro corazón se transforma en una expresión del Espíritu, del Amor, en una expresión de la Vida. El despertar tiene lugar cuando cobramos conciencia de que somos Vida. Y cuando cobramos conciencia de que somos la fuerza que denominamos Vida, todo es posible.

Existe una vieja historia de India que nos habla de la soledad de Dios: Brahma. No existía nada más que Brahma, y por esa razón estaba muy aburrido. Brahma decidió jugar a un juego, pero no tenía a nadie con quien jugar. De modo que creó a una hermosa diosa, Maya, con el único propósito de divertirse. Una vez que Maya existió y Brahma le explicó el propósito de su existencia, ella le dijo: «De acuerdo, juguemos al juego más maravilloso, pero tú harás lo que yo te diga». Brahma aceptó y, siguiendo las instrucciones de Maya, creó todo el universo. Creó el Sol y las estrellas, la Luna y los planetas. Después, la vida en la Tierra: los animales, los océanos, la atmósfera, todo. Entonces Maya le dijo: «Qué bello es este mundo de ilusión que has creado. Ahora quiero que crees un tipo de animal que sea tan inteligente y goce de tal conciencia que esté capacitado para apreciar tu creación». Finalmente, Brahma creó a los seres humanos, y una vez que acabó con la creación, le preguntó a Maya cuándo iba a empezar el juego. «Lo empezaremos de inmediato», dijo ella. Cogió a Brahma y lo cortó en miles de pedacitos diminutos. Puso un trocito en el interior de cada ser humano y dijo: «¡Ahora empieza el juego! ¡Voy a hacer que olvides quién eres y tendrás que encontrarte a ti mismo!». Maya creó el sueño y, hoy, Brahma todavía está intentando recordar quién es.

Brahma está ahí, en nuestro interior, y Maya nos impide recordar quién somos. Cuando nos despertamos del sueño, nos convertimos de nuevo en Brahma y reclamos nuestra divinidad. Ahora, si el Brahma que está en nuestro interior nos dice: «De acuerdo. Estoy despierto, ¿qué ocurre con el resto de mí?», como conoces el juego de Maya, compartimos lo que hemos aprendido con otras personas para que despierten también. Uno se divierte más cuando hay dos personas sobrias en la fiesta. Y si son tres, mejor que mejor. Hay que empezar por uno mismo. Después, empezarán a cambiar más y más personas, hasta que todo el sueño, toda la gente que está en la fiesta, esté sobria. Las enseñanzas que nos llegan de India, de los toltecas, de los cristianos, de los griegos de distintas sociedades de todo el mundo provienen de la misma esencia. Todas nos hablan de reclamar la propia divinidad y encontrar a Dios en nuestro interior. Hablan de abrir el corazón por completo y convertirse en un sabio. ¿Eres capaz de imaginarte cómo sería el mundo si todos los seres humanos abriesen su corazón y descubriesen el amor en su interior? Podemos hacerlo. Cada uno puede hacerlo a su manera. No se trata de seguir una idea impuesta; se trata de encontrarnos a nosotros mismos y de expresarnos a nuestra manera. Esa es la razón por la cual nuestra vida es un arte. Tolteca significa «artista del espíritu». Los toltecas son los que aman incondicionalmente. Estamos vivos por el poder de Dios, que es el poder de la Vida. Somos la fuerza que es la Vida.

El calendario Maya, asi como mistic@s de otras culturas ancestrales han previsto para estos tiempos el inicio de una nueva humanidad donde los seres humanos nos responsabilizamos de nuestras propias creencias, de nuestras propias vidas. Cuando sabemos que el poder que es la vida reside en nuestro interior, aceptamos nuestra propia divinidad, y aun así, somos humildes porque estamos conscientes la misma divinidad en todas las personas, en la naturaleza (In Lak'ech).

Nuestro cuerpo es un templo, un templo vivo en el que reside Dios. Nuestra mente es un templo vivo en el que reside Dios. Dios vive en nuestro interior, Dios es la vida. La prueba de que Dios reside en nuestro interior es que estámos vivos. Nuestra vida es la prueba. No hay nadie que pueda llevarnos hasta Dios. Quien diga que nos llevará hasta Dios es un mentiroso, porque ya estámos en él, lo queramos o no, nos resistamos o no, sin hacer ningún esfuerzo, ya estámos con Dios. Por lo tanto, lo único que queda es disfrutar conscientemente de la vida, sanar el cuerpo emocional para crear una nueva vida que nos permita compartir abiertamente todo el amor que está en nuestro interior.

El mundo entero puede amarnos, pero ese amor no nos hará felices. La felicidad proviene del amor que emana de nuestro interior. Nuestro amor por los demás es nuestra mitad; la otra mitad puede ser un árbol, un perro, una nube. Nosotros somos una mitad; la otra mitad es lo que percibimos. La mitad que nos corresponde es la del soñador, y, el sueño, es la otra mitad. Siempre seremos libres para amar. Si elegimos comprometernos en una relación y nuestra pareja juega al mismo juego, ¡qué regalo! Cuando la relación abandone del todo el infierno, nos amaremos tanto a nosotros mismos que no nos necesitaremos el uno al otro en absoluto. Nos uniremos por propia voluntad y crearemos belleza. Y esa creación mutua es el sueño del cielo.

Cuando somos maestros del miedo y del autorechazo lo que tenemos que hacer es recuperar el amor hacia nosotros mismo, ya que con ese amor por nosotros mismos nos volveremos tan fuertes y poderosos que transformaremos nuestro sueño personal de miedo en un sueño de amor, sustituiremos el sufrimiento por la felicidad. Entonces, como el sol, emitiremos luz y amor en todo momento, sin condiciones.


Interpretación/resumen de las escrituras de Miguel Ruiz y Luis Molinar.